martes, 28 de julio de 2026

MUROS

 "Te tengo al lado y pienso en todas las conversaciones por WhatsApp. 

 Pero esta vez no estás detrás de una pantalla. Estás ahí, a mi lado. Eres real. Si estiro el brazo puedo tocarte. 

  Estás mirando al mar, que ruge. Detrás de tus gafas de sol, el viento que estrella las olas contra las rocas hace que el pelo te baile como si estuviera bailando una canción. Y me quedo mirando. 

 Y pienso en la de veces que hablamos, la de cosas que nos contamos, en todas las cosas que coincidimos... y ahora, de repente, es como si no nos conociéramos de nada, como si nos diera vergüenza mirarnos a la cara. 

    No sé donde quedaron todos esos planes, pero tengo la irrefrenable sensación de que no nos atreveríamos siquiera a quedarnos a solas delante de un par de cañas en un bar. No sé por qué, no me lo preguntes, pero lo sé. En que todas esas conversaciones quizá se quedaron pegadas en la pantalla, pero en el fondo sé que no pasarán de ahí. Y no sé por qué, pero me da rabia

 No recuerdo haber conectado así con alguien. Ni siquiera con él. Y se supone que es la persona que mejor me conoce. O una de las que más me conoce. Sin filtros, sin caretas. Porque fueron demasiados años y quizá compartimos mucha más intimidad que muchas parejas que están toda la vida. No siempre con sexo. No nos hizo falta. Nos entendíamos con mirarnos. Y aunque en el fondo también sabía que no iba a ser para siempre -a pesar de que intenté convencerme muchas veces de que sí - lo quiera o no fue alguien que siempre será importante para mí. 

Tengo la extraña sensación de querer aprovechar el tiempo, y de que tú no. Y no sé que coño me pasa, pero vivo en una mezcla de sentimientos que no sé ni describirme a mí misma. En que quizá yo tenía ganas de verte, y tú a mí no. 

Y no sé, no dejo de preguntarme si fui yo, o si fuiste tú, pero hay una distancia inexplicable que de repente se hizo un muro que no soy capaz de atravesar. 

Tal vez sea mejor dejarlo así. En algo que nunca ocurrió y que vale más no empezar. Pero por otro lado pienso, y digo... cómo pasa la vida dejando de hacer cosas. Y qué pocas oportunidades se presentan. 

lunes, 11 de mayo de 2026

¿QUÉ SERÁ...?

"-No puedes negar que fue especial. Que fuimos especiales -sonrió - 

-No, no puedo. Pero eso se acabó. No vuelvas a lo mismo, por favor 

-Perdona, es que no puedo evitar pensar que.... -suspiró - No sé si nos equivocamos. Si pudimos solucionar algo que...  -intentó acabar - 

-Que no tenía solución. Lo sabemos -se volvió a enterrar en aquella mirada - Al principio me costó mucho asumir que la persona que creía que era mi alma gemela en realidad era eso, un espejismo que fue desapareciendo poco a poco. Y no te echo la culpa solo a ti -argumentó - Yo también me dejé llevar y no sé cómo, pero es algo que debería haber acabado hace mucho 

-Yo te quise. Mucho -aclaró-. Fuiste quién me hizo plantearme que todo era posible, que podía existir un futuro juntos... Joder, me veía dentro de veinte años y...  

-No sigas. Por favor -pidió - Eso ya no puede ser, y creo que nos engañamos. Cada uno queríamos una cosa y tarde o temprano hubiera acabado mal. Lo curioso es que no estoy tan angustiada como hubiera pensado, y no sé muy bien qué significa eso -pensó haciendo una pausa - 

-Dime la verdad, y sé sincera. ¿Me quisiste? -la miró - 

-Mucho. No sé como te atreves a preguntarme eso -se dolió - Quizá nosotros no éramos de estar todo el día con "te quieros", o con iconos de corazones, pero sabes que para mí el amor siempre se demostró de otra manera. Siempre serás especial para mí y lo sabes, pero también hay que ser honesto con uno mismo y saber que... no sé. Que no pudo ser, sin más. 

-¿Hay alguien, no? -se dio cuenta de que algo extraño había en ella, ya no era la misma -. Tienes un brillo en la mirada que... -dijo con temor cierto a que otra persona ocupara el lugar que tantos años había sido suyo - 

-¿Y si lo hubiera, qué? No tengo que dar explicaciones absolutamente a nadie -sentenció - 

-No me malinterpretes. No lo digo a mal, al revés. Espero que de verdad haya alguien -dijo con sinceridad - Alguien que de verdad te haga sentir todo eso que echaste en falta conmigo. Alguien que te despierte esa sonrisa y te haga temblar de pies a cabeza. Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera, te lo digo totalmente en serio... 

-Yo... -titubeó - 

-No digas nada. Siempre vas a poder contar conmigo. Y que nunca más vuelvas a perder ese brillo -la miró sonriendo - De verdad que me alegro por ti -le cogió el brazo con cariño - 

-Fui feliz. Aunque no te lo creas y pienses que no tengo buenos recuerdos, no es así. Fuimos muy felices, los dos. Y siento que acabara así pero sabes que nunca me gustó perder el tiempo. El error fue dejar que nos convirtiéramos en compañeros de piso, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo. No es culpa de nadie pero creo que es justo que cada uno intente rehacer su vida, y también te deseo a ti que aparezca esa alma gemela que buscas, está claro que no soy yo -contestó - 

-Creo que necesitábamos tener esta conversación -dijo - Zanjar de una vez por todas, hablar claro. Ojalá lo hubiéramos hecho antes 

-Nunca es tarde. Y que sepas que siempre estaré aquí para lo que necesites, como amiga. 

-Hasta pronto... -se despidió sabiendo que tardarían mucho en verse y que quizá cuando volvieran a hacerlo ella caminara con alguien al lado que le revolviera las entrañas - 

-Adiós... -dijo ella con la misma sensación - 

Los dos siguieron caminando, en direcciones opuestas. Él supo que había terminado. Ella ya lo sabía hacía mucho. Pero en una cosa tenía razón: había alguien. 

Alguien que le quitaba el sueño por las noches. 
Alguien a quién echaba de menos si pasaba un día sin hablar. 
Alguien que le provocaba sonrisas al leer un mensaje. 
Alguien que había aparecido de repente, de manera inesperada, que ocupaba su pensamiento día y noche. 
Alguien que no era él. 
Alguien que le hacía sentir todo lo que no sentía desde hacía mucho tiempo. 
Alguien que le hacía hervir la sangre. 
Alguien que le hacía recordar todo lo olvidado. 

Sí. No podía ni quería seguir negándoselo. La vida era demasiado corta como para dejar que lo único -o de lo único - bonito que tiene, pase por nosotros sin pena de gloria. 

Y entonces sonó aquel fragmento de canción que tantas veces había escuchado, al abrir la puerta de la tienda a la que se disponía a entrar. Y sonrió. Y se propuso que ese gesto fuera imborrable. 

 ... "Qué será lo que nos hace eternos... y además, da sentido a la vida? " . 


martes, 7 de abril de 2026

LLEGAR A PUERTO

 Últimamente no paro de preguntarme si he dejado pasar todas las oportunidades que merecieron la pena en mi vida. 

    Llegas a un punto en que te replanteas continuamente si lo que hiciste a lo largo de los años es lo correcto o no. Si lo hiciste bien o mal, o si podía haber sido de otra manera. Supongo que si en un momento concreto decides hacer algo es porque pensaste que era lo mejor. Ahora ya es algo que no se puede cambiar. 

    Creo que intenté hacer siempre lo que creía que se debía hacer. Lo que estaba bien, o lo que se esperaba que fuera lo mejor, lo correcto. Seguir siempre unos patrones que venían marcados, un camino, una opción que no podía ser puesta en duda. 

    No sé si lo hice bien o no. No sé si podía haber cambiado alguna cosa, seguro que sí. Probablemente me equivoqué muchas veces -y las que me quedarán - pero si algo aprendí todos estos años, de todo lo malo que el destino quiso enviar, es que ya no merece la pena dar vueltas a cosas que ya no se pueden cambiar. Que solamente podemos trabajar para cambiar el presente, el hoy, y el futuro, aunque ni siquiera eso dependa de nosotros y sea lo más efímero que podamos enfrentar. 

    En días en que la vida te hace ver -y sentir - que eres vulnerable, mortal... que solo dependen de ti cuatro cosas que puedes controlar, te das cuenta de que solamente somos una gota en medio de un océano y que a veces no queda más que dejarte llevar por las olas y esperar llegar al mejor puerto posible. O llegar a puerto, sin más. 

    Leía el otro día en un monumento a los pescadores, una frase que deberíamos aplicarnos más a menudo, y que me encantó. "Que después de la faena, regreséis a buen puerto". Da igual cuál sea la faena, da igual a qué se refiera. Puede ser aplicado al trabajo, al amor, a la amistad, a cualquier cosa. 

Pero lo importante siempre será no perder el norte de vista y ser capaz de regresar a él. 

    

lunes, 9 de marzo de 2026

LA VIDA EN UN SEGUNDO

 Tiene que pasar algo malo para que nos demos cuenta de lo afortunados que somos. De que ahora lo tenemos todo y al minuto siguiente no. 

La sensación indescriptible de que se tambalee el mundo. De que, de repente, todo lo que conoces se dé la vuelta y ya nada sea como antes. Cuando el antes era hace apenas diez minutos. 

Y todo pasa a un segundo plano. Absolutamente todo. La familia, los amigos, el trabajo, los planes, las ilusiones. Es como si de pronto te pegaran los pies al techo y caminaras boca abajo. Como si te soltaran sin ningún aviso en un mundo completamente desconocido. 

El miedo. El puto miedo. El no saber qué te espera, qué va a pasar. La sensación de sentirte vulnerable, perdido. Como un niño en medio de un bosque en una noche oscura. 

Pensamos que podemos con todo, que todas las cosas que vivimos en el día a día están bajo nuestro control. Qué equivocados estamos. Y lo peor es que tiene que pasar algo así, a nosotros, o a alguien que queremos, para ser conscientes de que la vida no la dirigimos nosotros, nos la dirige el destino. El que a veces se empeña en acabar la partida cuando estamos en la mejor parte. 

Ojalá supiéramos cuando va a llegar el fin de la partida. Ojalá supiéramos cuál va a ser la última vez que vamos a hacer las cosas. A ver la luz del sol por la mañana, a dar un paseo por la orilla del mar, a reírnos con un amigo de toda la vida, a saborear una taza de buen café, a decirle a alguien "te quiero". 

Ni siquiera sé si yo querría saberlo. Por un lado, quizá sí, por si puedo no dejar cabos sueltos pendientes, pero por otra, pienso que todo quedaría allí. No sé si podría con la sensación de que el reloj va en contra y que cada día puede ser el último. 

Cuando la realidad golpea, nos hace ser conscientes de que somos mortales, aunque siempre lo hayamos sabido. Solo que la manera de hacerlo, es brusca, implacable, radical. No encontramos palabras, porque no las hay. 

Y por eso, hoy tampoco las encuentro. A pesar de que nunca lo perdamos de vista, nunca estamos preparados para aceptar que la partida se acaba. Nunca estamos preparados para decir adiós. Para sufrir una pérdida. Para aprender a vivir de nuevo. Porque no sigues viviendo, sigues sobreviviendo. El tiempo no cura la herida, solamente aprendes que hay que seguir adelante con el vacío, con la idea de no volver a ver a esa persona. 


domingo, 14 de diciembre de 2025

     "La niebla había bajado a primera hora de la noche, y el ambiente se había tornado frío y húmedo. 

      Una pequeña capa de escarcha cubría los prados mientras un halo de nubes casi transparentes imprimía una imagen de letargo, que invitaba a meterse debajo de una manta viendo el fuego tras la chimenea. El invierno siempre le había gustado, y aquellos días, eran su forma preferida de perder el tiempo pensando en nada viendo las horas pasar. 

    El reloj había ido marcando los minutos sin que fuera capaz de dormir en toda la noche, y el agotamiento se reflejaba en su cara con un color parduzco debajo de los ojos, que miraban tristes. Se puso por encima del pijama una chaqueta de lana gorda, heredada de su abuela. La había tejido hacía muchos años, con aquellos dedos encorvados, ajados por el paso inexorable del tiempo, y a pesar de que tenía varias décadas, se conservaba perfectamente. La guardaba como oro en paño, porque al ponérsela los recuerdos de tiempos felices la inundaban y la hacían sonreír inconscientemente. 

    Fue a la cocina, cogió una taza y se sirvió un poco de café recién hecho, de la cafetera que, con ella, había dado de desayunar a cuatro generaciones. El olor de aquel oro líquido color marrón le hacía sentirse en casa y no había nada que le gustase más por las mañanas. Se volvió sobre sus pasos, y abrió la puerta. El viento húmedo le dio en la cara, y miró a lo lejos. Parecía que el pueblo aún se despertaba entre la bruma, y alguna chimenea dejaba entrever que alguien había madrugado más. 

    Miró a las paredes derruidas de la casa de enfrente, que apenas se mantenía en pie, y a la que el tejado había decidido venirse abajo de la misma manera que ella había hecho alguna vez. La diferencia es que él no podría reconstruirse solo. Sonrió recordando sus años de infancia, cuando un ángel de alas invisibles y pelo cano se asomaba a la ventana tras apartar una sempiterna vara de avellano que hacía las veces de cerrojo mientras veía la vida pasar por aquel camino de tierra que tantas carreras y risas de niños había visto a lo largo de los años. Ya no quedaba nada de aquellos niños que aguantaban las solaneras implacables de julio, donde el sol achicharraba las ideas, y mientras los mayores dormían la siesta, ellos se iban de expedición por los bosques cercanos buscando moras y nuevas aventuras. 

    Decidió que después, daría un paseo. Las nubes no invitaban precisamente al optimismo, el cielo estaba gris y amenazaba lluvia. Pero no le importó. Conectar con la naturaleza le hacía sentirse libre, y nunca perdió la esencia que había heredado de su padre, cuando en su juventud, los dos se iban solos unos días y se pasaban las horas caminando por el monte en busca de setas y castañas. Lo que daría por volver a vivir, aunque solo fuera un rato, todo aquello. 

    Tras una ducha larga que dejó en su cuarto de baño una niebla más densa que la que había fuera, se puso ropa cómoda, se calzó unas botas, y cogió su bastón para echarse a la calle. Al llegar a la curva de la fuente, el ruido de un tractor en la lejanía le hizo girar y subir la cuesta que daba a la sierra. 

    Caminó un par de kilómetros perdida por caminos embarrados, con piedras que ni siquiera sabía los años que llevarían allí puestas, y que recordaba exactamente igual que cuando era niña. Pasó por el pinar, entre la hojarasca, y el olor a verde y a mojado que le encantaba. Atravesó la carretera general y siguió un poco más, hasta un enorme prado que se extendía frente a ella. Buscó su lugar, una vez más. 

Y allí, con una pequeña capilla de fondo, construida de piedra, se erigían unas vistas privilegiadas de todo el valle que la había visto crecer, a donde tantas veces había ido a escuchar el silencio. Alguien había colgado dos cuerdas recias de un carballo enorme que presidía una sombra que en verano se agradecía, y una tabla hacía de asiento. 

    Cogió impulso, y de un salto se sentó en él, balanceándose con calma. No había atisbo alguno de sol, al contrario, el cielo cada vez estaba más negro y supo que no le daría tiempo a volver a casa sin que la alcanzara un chaparrón, pero le dio igual. Estuvo allí sola, en silencio, recordando y columpiándose, hasta que de repente su vista alcanzó a ver algo al pie de unos árboles. Había pasado casi una hora sin darse cuenta. 

    Bajó del columpio y se encaminó hacia allí. Una amanita muscaria, la seta roja por excelencia que sale en todos los libros y que parece la de los enanitos del bosque, parecía estar estratégicamente colocada allí para que alguien le sacara una foto. Y así lo hizo. Sacó su teléfono y la inmortalizó. A lo lejos, una nube dejaba descargar una cortina de lluvia que se acercaba, así que decidió que era el momento de volver sobre sus pasos. 

    Unos pocos metros más allá, al atravesar el pequeño pinar que era la antesala de la capilla, tres boletus enormes la esperaban. Sonrió, y tras sacar una bolsa que siempre llevaba en la chaqueta, las cortó y las guardó, se haría para comer un buen revuelto de hongos que le devolvería el alma al cuerpo. 

    El aguacero no se hizo esperar, y empezó a llover con ganas. Pero no hizo siquiera ademán de apretar el paso. Dejó que el agua fría cayera sobre ella, mientras los recuerdos volvían a agolparse en su cabeza. Los charcos se hacían más grandes, y las botas se iban enterrando más mientras emprendía el camino a casa. 

    Al coger la carretera de vuelta al pueblo, en una curva que dejaba una panorámica de las montañas, un arcoíris precioso, alimentado por un sol que ni siquiera sabía de dónde había salido, le dejó una estampa de postal que se detuvo a admirar a pesar de que el agua la había calado hasta los huesos. 

    Una vez más, lo supo. Sonrió, y la lluvia se mezcló con la sal de sus propias lágrimas, que le resbalaban por la cara. 

    "Siempre estaré ahí. Aunque tú no me puedas ver". Eso escuchó en su interior. Le había atribuido al arcoiris la propiedad del pensamiento de saber que cuando salía, su padre estaba ahí, diciéndole que estaba a su lado. Como había sucedido el primer fía que fueron al cementerio después de que muriera y con un aguacero igual al que le estaba cayendo encima, el sol salió sin previo aviso y le dejó ver un arcoiris. Desde entonces, cada vez que lo veía, sentía la protección del hombre que la había visto crecer y que le había enseñado todo, pero sobre todo su lección más valiosa: No te rindas nunca. 

    "Hola, papá" -dijo para sí - 

    Y siguió caminando por aquellos caminos sempiternos, en los que, en otros tiempos, habían servido de escenario a charlas de ancianos, recordando tiempos de otra época, y creyó ver, a lo lejos, una silueta que caminaba con las manos en los bolsillos. 


jueves, 12 de junio de 2025

 El descanso, por fin. 

Es algo que llevábamos esperando mucho tiempo. Una fortaleza de otra galaxia que no entendíamos ni de dónde venía te hizo llevar las fuerzas al extremo. El aviso llegó varias veces, pero nunca se cumplía. A veces, llegamos a pensar que eras inmortal. Poco te faltó. 

Aunque suene egoísta, si el final hubiera llegado hace unos años, tampoco hubiera pasado nada. Creo que llega un momento en la vida de una persona en que el camino se acaba y al menos deberíamos ser capaces de poder elegir el momento de irnos, con dignidad. Y más, en una enfermedad. Ser dueños de nuestra vida, pero sobre todo, de nuestra muerte. De cuándo, y de como. Esa es la libertad más importante. 

Te fuiste en silencio. Sin hacer un ruido. Creo que no pilló a nadie de sorpresa, aunque en realidad, nunca se está preparado para decir adiós. En un sentimiento extraño que me lleva acompañando desde ayer, por un lado la pena de que te hayas ido, pero por otro, la tranquilidad de saber que ya descansas. No puedo decir que dejaste de sufrir, porque nunca lo hiciste. Hasta para eso, hubo suerte. 

Disfrutaste una vida plena, con hijos, con nietos, con biznietos... casi 101 años de existencia que seguramente vio toda clase de cosas, y otras muchas que pasaron y de las que ya no te enteraste, porque habías ido abandonando este mundo aunque tu cuerpo siguiera aquí. Pero solo era eso, el envoltorio. Tú te fuiste hace ya muchos años. 

Justamente, el día antes, habíamos estado hablando de ti. Como si fuera una especie de premonición. Como si algo dentro... no sé explicarlo. Nos acordamos de las cosas que nos cocinabas de pequeños, de la disposición que tenías siempre para la cocina, de que nunca nada te dio pereza. Recordé el olor de aquellas empanadas que llegaba a la calle y que eran famosas en el barrio. Las caminatas que llegaste a darte desde tu casa a la mía con sopa porque sabías que me encantaba. Los frixuelos. Las tortillas. 

Queramos o no, eras un pilar que unía, y que hoy, desaparece. Físicamente, eso sí. Porque siempre te llevaremos con nosotros en los recuerdos que tú fuiste perdiendo poco a poco. 

Abuela, por fin descansas. Y me alegro. Porque si estuvieras bien seguro que tú misma dirías que vivir así, no es vivir. Y todos lo veíamos, aunque hoy nos duela no volver a verte. Pero ya estás con el abuelo, y con toda la gente que quisiste y con los que ya podrás estar charlando en el cielo. La vida fue generosa contigo, te dio una vida larga, apacible y sin sobresaltos, hasta el último segundo, donde ni siquiera lo pasaste mal ni la angustia dejó que esos últimos momentos se convirtieran en un recuerdo áspero que nos dejara algún cargo. Nos queda la satisfacción de que han sido muchos, muchos años, y que te fuiste cómo tu querías. 

Deseo que ahora que vives en las estrellas, hayas encontrado todos los recuerdos que perdiste en este mundo, y volvieras a recuperar aquella vitalidad que tenías y recuperes las ganas de caminarte el cielo entero. Dile a papá que lo quiero, y que lo echo de menos cada día. Que no se preocupe, que estamos bien. Pero que no permita lo que él y yo hablamos a veces. Él sabrá a qué me refiero. 

Curiosamente, ayer cuando llegué al tanatorio, una tormenta dejó resonar truenos un buen rato y un chaparrón tremendo ayudó a sofocar un bochorno que se hacía irrespirable. Era el principio de otro nuevo libro para ti.  

Y ahora mismo, mientras te escribo esto, ha empezado a llover. Y ya sabes el significado que tiene para mí la lluvia. 

El cielo está de fiesta. Te están dando la bienvenida. Te queremos Yeya. Nos vemos en las estrellas. 

martes, 6 de mayo de 2025

EL SOL EN LA CARA

 El primer día de sol es como una especie de pistoletazo de salida a algo distinto, nuevo. Es como si dijéramos, el principio del verano. 

Pocos placeres mejores le encuentro a la vida que el primer día de buen tiempo, caminando por la orilla de la playa, mojando los pies y sentir el viento en la cara. 

La arena que baila como una serpiente entre las dunas y que golpea las piernas pegándose a las gotas de mar. El tacto del salitre en la piel, el olor a mar, el efecto hipnótico de las olas rompiéndote en los pies. 

Ayer fue uno de esos días en los que esa hora y media caminando me supo a gloria. La sensación de calma. Ir escuchando música con el ruido del mar de fondo. 

Siempre pensé que el mar tiene un poder terapéutico. Que cuando las olas rompen con fuerza en las rocas tienen el poder de deshacer todo lo malo que hay sobre ellas y llevárselo lejos. Hace tiempo le atribuí a la lluvia esa especie de poder mágico, por eso me encanta. 

Creo que una de las cosas que más me gusta en el mundo es sentarme al lado de la cocina de leña de la casa del pueblo y escuchar llover sobre el tejado mientras los troncos ardiendo chisporrotean. Y salir al porche, incluso mojándome, y sentir la mezcla del olor de la leña con el de la tierra mojada. 

Si me preguntaran alguna vez por algún pequeño placer de la vida, sin duda uno sería ese. Algo parecido a cuando hay una tormenta después de un día de calor de esos en que se achicharran hasta las ideas, y de repente un chaparrón suelta toda la rabia sin contemplación sobre la tierra. El vaho que sale, esa sensación de humedad sana. Ojalá pudiera embotellarlo y guardarlo para abrirlo en esos días de mierda en que no le encuentras sentido a nada. 

Y ojalá la vida tuviera un poder semejante para llevarse todo lo malo mar adentro. Para llevarse la rabia que provoca una mala jugada de alguien a quien quieres. El dolor de un desengaño. La pena que deja alguien que se va a vivir a las estrellas. Ojalá. 

Pero al final, siempre nos quedarán los paseos por la orilla del mar. El sabor a salitre en los labios. La fuerza de las olas golpeando las piedras, y la arena rebozada en los pies. 

Por mucho que sintamos que una ola gigantesca nos atrapa y no nos deja salir... siempre nos quedará eso. 

La capacidad de que nunca es demasiado tarde para que otro día más, podamos seguir sintiendo el sol en la cara. 

jueves, 6 de marzo de 2025

POR SI TÚ VUELVES

 Cada vez que escucho esa letra de canción me acuerdo de ti. 

"y dejo una luz encendida en la casa, por si tu vuelves..." 

Supongo que nunca se deja de tener la esperanza de que algún día volvéis de las estrellas. De ese mundo al que os vais a vivir cuando dejáis la tierra y del que nadie vuelve. Siempre me pregunté si es porque se está tan bien que no merece la pena regresar a éste, o porque en verdad no se puede más que en sueños, porque sino seguro que tú hubieras vuelto a verme. 

Han pasado seis años, y nunca me podré acostumbrar a que no estés. Cuando hablo con gente que también perdió a alguien cercano tiene esa sensación así que imagino que es algo con lo que jamás te acostumbras a lidiar. A ser consciente de que ese alguien se ha ido para no volver. Y duele. Duele mucho. 

Daría algo por poder contarte ahora que por fin vuelvo a casa. A pesar de que llevamos aquí seis meses porque la vida se ha empeñado en traernos otra mano mala de cartas, es algo con lo que llevaba soñando desde que me fui, y para decirte verdad, no pensaba ni por asomo que fuera a ser este año. ¿Por qué precisamente ahora? 

Sabía que era imposible. Imposible hay pocas cosas, pero digamos que casi imposible. Unos días antes, algo dentro me hizo pedírtelo. Te pido que me ayudes en todas las cosas que me parecen imposibles, porque sé que si alguien puede hacer algo para que le viento me sople un poco a favor eres tú. Así que cogí la vela, la encendí, y te lo pedí. 

Egoístamente, lo pedí por mí. Ella ya no se entera. Creí que estando aquí, en su casa, y en su ambiente, la cosa iría más lenta y todavía tendríamos algo más de tiempo pero una vez más, me equivoqué. Sé que no hace falta que te cuente nada porque desde las estrellas ves que esto es imparable y que avanza, hagamos lo que hagamos. Y a pesar de todo puedo decir que todavía tuvimos suerte, porque hasta ahora tuvo casi dos años con una calidad de vida aceptable y pudo disfrutar de comidas, viajes y momentos bonitos. 

Durante todo este tiempo traté de que todos los recuerdos que pudiera almacenar, aunque fueran pocos, lo fueran felices. No sé si lo conseguí pero sé que al menos me quedo con la sensación de haberme dejado la piel en ello. No es fácil tomar decisiones, y ver como los caminos que puedes tomar cada vez son menos y las puertas se van cerrando para dar paso a lo inevitable. 

Tengo la teoría de que ella fue dejando este mundo cuando tú te fuiste. Es como si hubiera asumido que ya no sufres, que ya no tienes dolor, y que estás al lado de toda la gente que se fue antes que tú, pero nunca volvió a ser lo mismo. Se fue el compañero de su vida, y la persona con quién lo había compartido todo. Sé que si no estuviera yo hace tiempo que viviría contigo en las estrellas, es lo único que tengo claro en la vida. Que, aunque despacio, fue emprendiendo camino para volver a tu lado, lo que jamás pensé es que tuviera que ser tan doloroso. 

Esto ya no tiene ni pies ni cabeza, pero no tengo corazón para no compartir con ella los que tal vez estén siendo sus últimos meses de lucidez. Sé que llegará un momento en que lo mejor para las dos será dejarla en manos de gente que sepa cuidarla bien, y hasta el final, estaré ahí. Pero ha dejado de ser vida. La cuesta abajo empezó y solamente tenemos que esperar que las pocas facultades que le quedan vayan desapareciendo y llegue de una vez a esa dimensión donde ya nada importa antes de emprender el viaje. 

Solo le pido a la vida que no sufra. Sé que no se va a enterar, y estoy dispuesta a seguir sufriendo yo con tal de que ella no lo haga. Pasaré nuevamente por el duelo, aunque sé que no será comparable al tuyo. Porque esto ha sido tan intenso y duro que no puedo imaginar nada peor, aunque lo haya. 

Y por que, siendo sincera, ella nunca serás tu. Me siento fatal por decir esto, pero mentir a estas alturas no tiene sentido. Y ella siempre lo supo. Sabía que nos entendíamos solo con mirarnos y que éramos demasiado iguales. 

Hay capítulos que me gustaría borrar, pero eso por desgracia no puedo hacerlo. Qué curioso, ella borrará todo sin querer y yo que quiero no puedo. Ahora ya no merece la pena lamentarse por algo que nos hizo tanto daño, pero que por desgracia marcó nuestro futuro. Sobre todo el mío. Igual debería haber actuado de otra manera, pero qué más da ya. 

Ya no pido nada más papá. Solo te pido que ahora que ya no dependo de volver a irme fuera, me ayudes a que esto no se eternice. A que se vaya a vivir a ese mundo paralelo cuanto antes para que al menos no sea consciente de que una vez más, el tiempo nos juega en contra y que no hay más que hacer. Seguir el último camino y esperar que la última curva no esté lejos. Suena egoísta, pero es lo que siento. Sé que solo descansará y volverá a ser feliz cuando te vea, y entonces, solo entonces, recuperará la paz que aquí nunca volvió a encontrar por ningún sitio. 

Recordaré siempre aquella noche maldita donde la oscuridad se hizo, y que me aterrorizó tanto tiempo. En cómo entraste caminando una mañana soleada de marzo y saliste en una caja horas después en un día frío y lluvioso como pocos recuerdo. Ese momento, y esa maldita culpa me acompañará siempre. Siempre te lo dije, y sé que me escuchas, pero espero no haberme equivocado y no haberte hecho sufrir demasiado, pero no me quedaban más opciones. Y quiero pensar que de haber sido yo, tú hubieras hecho lo mismo. 

Me hubiera gustado poder verte aunque fueran dos minutos para saber si te enteraste de algo o no, porque no quise hacerte pasar por el trago de decirnos adiós. Aunque sé que lo sabías. Pero que sepas siempre, y por encima de todo, que fue la decisión más difícil que seguramente tomé y tomaré toda mi vida, y que solo lo hice para no verte sufrir más. Que fue mi manera de decirte sin palabras que fue el mayor acto de amor que pude hacer por la persona que más quería en el mundo. 

Espero que al menos, de vez en cuando sigas visitándome en sueños, porque es la única manera que tengo de seguir viendo aquella cara sin dolor, de cuando estabas bien. Porque también te veo en el arcoiris cuando sale y esos colores vivos se marcan en el cielo y me dices "sigue hija, que estoy contigo". 

Sigue a mi lado papá. Dame fuerzas para poder con esto y no rendirme, porque no me faltan ganas. Estoy cansada de pelear y me cuesta mirar adelante y pensar que todavía me espera algo positivo y bueno por vivir. Y por favor, no la dejes más tiempo del necesario. Ayúdala a volver a ser feliz, aunque eso implique que solamente yo me quede en esta cada, siendo feliz a mi manera y encontrando paz. 

Te quiero. 

martes, 21 de enero de 2025

ANDURIÑA

 Nos encantaba esa canción. 

Uno de los recuerdos más bonitos que puedo tener de cuando era niña, era ir en el coche contigo escuchando cassettes de Juan Pardo y cantando con la voz desafinada los dos alguna canción. Menos mal que no nos ganamos la vida con eso, sino nos moriríamos de hambre. 

"Anduriña" siempre nos encantó. Y no sé por qué fue concretamente esa, pero siempre que la escucho -confieso que tengo todavía parte de sus discos y en días nostálgicos alguna lágrima me acompaña mientras recuerdo otros tiempos - te veo conduciendo en el Vectra conmigo detrás cogida a los dos asientos y con la cabeza entre medias, cuando todavía entonces aquello de los cinturones de seguridad y las sillitas obligatorias era otra cosa. 

Ay papá, como te echo de menos. Otro cumpleaños separados y siento que llevo sin ti media vida, y por otro lado con la sensación de que todo fue ayer. No me acostumbro a que ya no estés. Se me sigue haciendo raro girar la cabeza mientras escribo esto, y ver que tu lado del sofá sigue vacío, a pesar de que hace seis años que ya no estás. 

Me gustaría contarte tantas cosas... poder desahogarme cuando lo hacía antes y que cuando las emociones me desbordaban me vieras llorar y me dijeras que no era para tanto, que todo en la vida tenía solución, y que si no lo tenía no merecía la pena preocuparse. 

Ayer hubieras cumplido 69 años. Pienso tantas veces en como sería nuestra vida si siguieras aquí que no sé ni qué decir. Quiero pensar que al menos desde donde estés me escuchas cuando miro al cielo y vea esa estrella enorme que se pone justo enfrente de la ventana y que parece estar colocada especialmente para mi. Cuando por las noches, todo me desborda y miro el cielo buscándote, preguntándote qué puedo hacer, aunque sé que estoy haciendo todo y que llega un momento en que ya no depende de mi. 

Sabes que nunca me resultó fácil tomar decisiones. Y menos si son importantes. Ni siquiera sé si estarías de acuerdo, aunque intente convencerme de que sí. Las opciones se van terminando y los caminos se cierran, van quedando solamente los únicos posibles y solo queda elegir uno. 

Te prometí que cuidaría de ella y espero que desde tu estrella sepas que si no hago más, o que si no lo hago mejor, es porque no sé. Lo único que me preocupa es que no sufra, aunque lo haga yo. Que los recuerdos la vayan abandonando poco a poco sin darse cuenta, y que se vaya a vivir a ese mundo paralelo de transición hasta que vuelva a tu lado, que creo que es lo que nunca superó. 

Siempre dice que quedo yo, pero desde que tú te fuiste no volvió a ser lo mismo. Supongo que el hecho de perder a la persona con la que has compartido toda tu vida tiene que ser algo devastador. Yo no lo sé. Solo sé que ella se quedó sin su marido pero yo me quedé sin padre, y también supo que tú para mí eras distinto. 

Gracias a ti aprendí a ser independiente, a vivir mi propia vida por encima de lo que dijeran los demás. Y creo que es lo más valioso que me pudiste enseñar. A buscarme mis castañas y no depender de nadie aunque sin perder nunca de vista a la gente que me importa. Si algo me enseñó la vida a estas alturas -echo la vista atrás y ya hace más de ocho años que la suerte empezó a cambiar, que son muchos - y a lo largo de todo este tiempo puedo decir que soy una persona completamente diferente. He aprendido a valorar lo que realmente vale la pena. Aprendí a decir te quiero, a mostrar mis sentimientos, y a tratar de enfrentar las cosas de una manera diferente. No sé si mejor o peor, pero distinta. 

Cuando te fuiste, saqué de mi vida a gente. Supongo que es inevitable llevarse decepciones porque no es lo mismo la percepción que tenemos nosotros mismos de algo, que la que tienen los demás. He llegado a salir días del hospital, viéndote consumirte, hecha una mierda, y buscando a personas que decían estar "siempre para todo" y posponer la llamada por motivos tan absurdos que desde entonces decidí contar lo justo y necesario y siempre que me preguntan como estoy, contestar "bien" sin más explicación. Sé que todo el mundo tiene su vida, pero entonces, no estás. Porque no fue solo una vez por parte de algunas personas. Curiosamente, cuando necesitaron algo volvieron. Pero ahí era yo cuando no estaba. Y me costó mucha terapia asumir que de bueno a tonto la línea es muy delgada y a veces hay que ser egoísta. Y reconozco que desde entonces, alguna vez he sido yo la que estaba tomando un café, paseando, o regando los cactus. 

No quiero que esta carta sea un reproche a nadie, precisamente porque ya todo eso quedó atrás. Y no solo lo comprobé una vez, sino que lo estoy volviendo a comprobar ahora, por segunda vez. De las mismas personas. Y como sé que nada va a cambiar he decidido seguir hasta donde yo quiero, y con la gente que yo quiero. El otro día sin ir más lejos volvió a pasar. Y para qué enfadarse o decir algo. No vale la pena. Escuchar "tengo ganas de verte", pero que cuando de pascuas a ramos intentas llamar y desahogar, curiosamente siempre hay algo más importante. Es ahí. Como resumen a todo lo que pueda decir o sentir. 

Sé que si ahora vivieras, estarías en el único sitio donde sigo siendo capaz de encontrar paz, y desconectar. Entre aquellos montes que vieron crecer a generaciones, escuchando historias de posguerra, amores, desamores, y lágrimas. Tengo claro que mis días acabarán allí porque es lo único que me ata a mis verdaderas raíces y donde viven los momentos que recuerdo como más felices de mi vida. Sé que si algo de una persona queda en este mundo cuando se va, tú estás allí. 

Todavía soy capaz de verte con la gorra, caminando con la mano en el bolsillo y la vara sempiterna que espera en el paragüero cada paseo desde hace décadas. En cómo no he tocado algunas cosas desde que te fuiste. Es mi manera de seguir reconociendo tu espacio y saber que sigues allí. Como lo sé cuando veo un arcoiris en el cielo como si estuviera pintado y sé que eres tú diciéndome "estoy aquí hija". 

La vida sería muy distinta. Yo tendría la mía y vosotros la vuestra. Quizá lo que estamos pasando ahora seguiría estando, quién sabe, pero de todas maneras ya no importa porque nunca vamos a poder comprobarlo. Pero me gusta pensar que ahora iría a visitaros allí, y que te encontraría con la cocina encendida y oliendo a casa. Porque eso no cambiará nunca. 

Ya sois más en las estrellas que los que quedamos aquí. Me parece mentira que eche la vista atrás y en tan poco tiempo pasáramos de ser cinco a solo dos. Y dos, que además, solamente una podrá mantener vivo aquel recuerdo y que cuando vaya, cada vez habrá más silencio. Que las paredes seguirán siendo testigos mudos del paso del tiempo y que seguramente los recuerdos construidos se terminarán en mí, porque cada vez hay más probabilidades de que la cafetera de la bisabuela no sirva café a una quinta generación. No es algo que me preocupe, asumí hace tiempo que todo pasa por algo, y aunque todavía quede tiempo, cada vez valoro más la tranquilidad. 

El día de mañana solamente quiero vivir papá. Con mayúsculas. Vivir tranquila todo el tiempo que pueda y que cuando me toque dejar de trabajar, retirarme allí, con el único ruido de los pájaros y la lluvia golpeando el tejado por la noche, con el chisporroteo de la leña en la cocina. 

Sé que estarás bien. Y también sé que desde las estrellas sonríes y me dices que siga siendo fuerte, que saldremos de esta. No saldremos, porque todo termina. Solo te pido que si de vosotros depende algo, no permitáis que esto se eternice y sufra. Que vuelva a tu lado porque sé que es lo que quiere, y es donde estaría hace mucho tiempo de no estar yo. 

Te quiero. 

miércoles, 2 de octubre de 2024

PALABRAS AL VIENTO (II)

 "Se despertó con el sol entrando tímidamente por la ventana. Había llovido a mares toda la noche. 

 Olía a café y oyó el sonido de tazas en la cocina. Era quizá su olor favorito. Cuando empezaba a hervir y un vaho transparente salía de la cafetera italiana que había heredado de su abuela. Le tenía un cariño enorme a aquella pieza que había visto ya desayunar a tres generaciones de su familia, era su pequeño tesoro. La posibilidad de tener un anclaje con el pasado y con los recuerdos que le hacían sonreír pensando que quizá no todo tiempo pasado siempre fue mejor.

Decidió quedarse un par de minutos en la cama. Recordó cuando llegaron a casa. Con toda el agua que el cielo descargaba encima, tiritando pero con una sonrisa de oreja a oreja. Se habían quedando trabajando hasta tarde y después de cenar comida china que les habían traído del restaurante de abajo, se quedaron charlando cuando ya todo quedó terminado. 

Había deseado tanto ese momento que creyó que no llegaría nunca. Habían compartido todo. O casi. Cada uno de sus momentos buenos, y con mayor razón, los malos. Podrían ser almas gemelas que se entendían solo con mirarse. Que sabían lo que pensaban solamente con mirarse a los ojos. Tal vez el paso de los meses -y los años - les había ayudado en convertirse en la persona... En su persona. En ese alguien con quien puedes compartir todo lo que la vida se va empeñando en traer. 

Y de camino a casa, la tormenta que había anunciado un calor sofocante que casi no dejaba pensar descargó con tanta fuerza que los paraguas no soportaron el viento que se llevó de golpe todas las dudas. Se echaron a reír como adolescentes, se cogieron de la mano y dejaron que la lluvia llenase las calles y sus cuerpos de un agua que borró cualquier mal sentimiento. 

Y de repente ocurrió. Cuando llegaron al portal, las miradas dejaron paso al silencio y los labios se unieron sin necesidad de hablar. Con las manos empapadas y la ropa calada de agua entraron a trompicones en el edificio y tras subir los escalones de dos en dos llegaron a casa donde las pieles se erizaron y las caricias descubrieron un amor latente que se había desbordado como una presa que se abre de golpe ante una avenida. 

La noche pasó entre rayos, truenos, y confidencias. Desearon con todas sus fuerzas que el amanecer no llegara, por si todo era un sueño y al despertar nada de lo que había pasado hubiera existido. 

Y entonces, abrió los ojos. Los había cerrado para recordar cada detalle, cada palabra. Cada roce entre las sábanas revueltas y enredadas que habían sigo testigos mudos de algo que no sabían si acababa de empezar, o solamente quedaría en flor de un día. 

Pero entonces unos pies descalzos resonaron en el suelo. Y por el marco de la puerta, apareció. Con los ojos sonriendo a punto de soltar estrellas fugaces y el pelo revuelto por las secuelas de la tormenta, y sobre todo, de la noche. 

Se sentó a su lado, posó la bandeja en sus piernas y mientras cogía una de las tazas humeantes para darle un sorbo al oro negro líquido que acababa de preparar, se miraron. 

Llegaba el momento. 

Sí o no. 

Decidir si todo había sido fruto de una noche y seguir cada quién por su lado, o el pistoletazo de salida a algo que ni siquiera sabían como describir. 

Entonces, el silencio se rompió tras un trago de café. 

-¿Y mañana, qué? -

-Mañana... -soltó aire como si eso pudiera hacerle entender qué es lo que realmente quería, aunque su interior lo estuviera gritando a los cuatro vientos - Mañana yo que sé -y la sonrisa involuntaria que se le dibujó en la cara impidió que hiciera falta decir más - 

martes, 24 de septiembre de 2024

ILUSIONES.... Y DECEPCIONES

 Pensamos que conocemos a la gente que nos rodea. 

Siempre tendemos a creer que si nos pasa algo malo estarán a nuestro lado, y si nos pasa algo bueno compartirán nuestra alegría. 

El problema es que lo que esperamos, no siempre coincide con la realidad. Y todas las expectativas que ponemos en la reacción de alguien cuando nos ocurre algo puede caerse como un castillo de naipes. 

"El corazón tiene razones, que la razón no entiende" -decía Blaise Pascal - O dicho de otra manera, lo que nosotros sentimos no siempre tiene que coincidir con lo que sientan o piensen los demás, y de ahí viene todo. A veces pensamos que lo que dibujamos en nuestra mente va a coincidir coma con coma con la verdadera reacción de alguien, y pasa como cuando lees un libro y luego ves la película que trata sobre él. Rara será la ocasión en que coincida con lo que nosotros habíamos imaginado, o nos guste tanto como esperábamos. 

Con esto ocurre exactamente lo mismo. Cada persona tiene una manera de pensar, y por eso tendemos a idealizar algo a nuestro gusto. Al amor de nuestra vida cuando tenemos quince años, el trabajo, la casa, los hijos que vamos a tener.... a veces la realidad coincide, pero otras no. 

Me he llevado ya un montón de decepciones en mi vida. Quizá porque tengo un carácter que me impide ir solamente a lo mío y dar la espalda a alguien cuando necesita algo. Siempre digo que soy bilingüe porque hablo por los dos codos, y no me cuesta mucho trabajo conocer a alguien y entablar conversación enseguida. Así llegaron a mi vida alguna de las personas más importantes, y de la misma manera desaparecieron otras. 

También he de decir que al menos, desde que recuerdo, siempre hice diferencias dependiendo de quién se tratara y de cuán grande fuera la put****. En algunos casos y ciertos momentos me molesté en tratar de olvidar y hacer borrón y cuenta nueva, y lo conseguí, pero en otros no. Y a estas alturas, es algo que sé que no va a cambiar. 

He tenido enfados gordísimos con gente con la que sigo en contacto, a pesar de que en ese momento se me rompiera el corazón, o me dieran ganas de mandar a esa persona a tomar por donde rompen los cestos. Y me he aguantado, unas veces porque me pillaron de buenas, y otras porque había por medio terceras personas que se iban a ver más o menos perjudicadas por ello. Unas veces puse la otra mejilla, y otras no. 

A lo que voy, es que hace tiempo, decidí que solamente quiero en mi vida a quien realmente me aporte algo bueno -ni siquiera a quien no aporte nada, y por supuesto menos aún si encima aporta malo - Creo que tiene que llegar un punto en la línea de la vida de una persona en que no tengas que aguantar carros y carretas por no perder a alguien, porque si una persona que te conoce de hace años, te aprecia, tiene que al menos tener la deferencia de pensarse dos veces las cosas antes de abrir la boca y decirte cosas que te hacen trizas. Unas con buena voluntad y otras no tanto, pero que hacen daño al fin y al cabo. 

Y es curioso, normalmente siempre está el socorrido mecanismo de "es que es así y hay que aceptarlo como es". Pues no, a mi eso ya no me vale, porque yo también soy como soy y tampoco me apetece ir dando bufonazos a diestro y siniestro, a pesar de que todos tenemos malos días. Y en todo caso, aunque a veces no lo pueda controlar y quizá haya hecho daño inconscientemente, al menos he intentado pedir perdón. 

Entiendo que el umbral de ofensa es muy personal y cada persona puede ponerlo donde considere conveniente, pero de la misma manera que nosotros tenemos el nuestro, los demás también lo tienen. Y hay cosas que duelen. Y lo que más me preocupa, no es la gente que en un arranque te dice cuatro barbaridades sin pensar, porque aunque no lo justifico si que puedo llegar a entender que en un momento dado todos podemos perder los papeles. 

Lo que no entiendo ni entenderé nunca es decirle a alguien que quieres -o aprecias, o cómo lo queramos llamar - algo que sabes que le va a hacer daño, y aun así se lo dices. Y no una vez, sino las que se tercien. Y que mientras lo haces estés sabiendo que le estás haciendo polvo, y sigas lanzándote como un precipicio. Y en ese momento es cuando hay que pararse a pensar si una relación -sea del tipo que sea - merece la pena o no. 

Aprendí, como me dijo una de las personas más sabias que conocí en mi vida, que "a este mundo venimos solos, y nos vamos solos". Y es una de las mayores verdades que me han podido decir. Con esto no pretendo decir que tengamos que sacar de nuestra vida a todo aquel que en un mal momento tenga un comentario desafortunado, pero sí aprender a valorar a quien realmente lo merece. 

A estas alturas de mi vida, es la lección más valiosa que he aprendido. A que solamente quiero invertir mi tiempo con quien de verdad me lo ha demostrado, y continuar el camino con ellos, con curvas, con baches o con lo que venga. Porque es lo más valioso y lo mejor con lo que me puedo quedar. 

miércoles, 18 de septiembre de 2024

PALABRAS AL VIENTO (I).

 "Caminó por aquel camino de tierra que la vio crecer, mientras los nubarrones que cada vez estaban más cerca, anunciaban fiesta. 

En esos senderos donde, siendo una niña, corrió hasta perder el aliento, se amontonaban recuerdos felices de otros tiempos. Donde al levantar la vista, los prados verdes parecían dejar un horizonte infinito y donde tantas veces se tumbaron bajo la sombra de los árboles. 

Habían pasado más de veinticinco años desde la última vez que todos habían dado el último paseo juntos. Desde la última vez que hicieron su particular competición de salto de altura desde el muro de una finca que fue testigo de risas y algún que otro aterrizaje forzoso en hierba fresca que no tuvo mayores consecuencias. Que escuchó suspiros de amores, y tejió redes de amistad eternas. 

Tiempos aquellos donde tres ángeles de alas invisibles caminaban cada tarde por los mismo caminos polvorientos mientras miraban como las tierras que con tanto esfuerzo trabajaron sus manos ajadas por mil inclemencias, iban dejando paso al barbecho después de dar fruto tras toda una vida, donde comer era casi un lujo, y donde casi tenían que levantarse a ganar el jornal antes de ver salir el sol. 

Dejaron los niños de escuchar de lejos, aquellas historias que contaban los viejos, a veces con cara de pena, a veces con una sonrisa inocente. Aún recordaba cómo las bolsas de patatas recién sacadas de la tierra venían a casa en una tela atada de manera magistral sobre la cabeza de una de ellas, sin inmutarse ni notar el peso que seguramente sobrepasaría los cinco kilos. 

Era el mismo escenario de su infancia. Los mismos árboles centenarios guardando las sombras, las casas que albergaban las raíces de varias generaciones, los caminos resecos donde siempre se hacían los mismos charcos, probablemente hasta las piedras no habrían sido movidas. La fuente de la mina que presidía la subida a la sierra, desde donde había las mejores vistas de todo el valle, regalaba cada vez un hilo de agua más fino, pero igual de puro que cuando eran niños. La mejor agua del pueblo, que decían los abuelos. Las chimeneas que año tras año dibujaban en el cielo el calor de los hogares donde se cocían potajes y se aliñaban conversaciones. 

Cuánto echaba de menos todo aquello. De repente, como si los recuerdos se agolparan, se escuchó un trueno que retumbó entre los carballos. Y supo que no tendría tiempo de volver a casa sin mojarse, pero dio igual. Recorrió de vuelta todo el camino, curva tras curva, mientras su mente dibujó los momentos felices. Las tardes en las que su padre le enseñó a montar en bicicleta, los paseos por el monte cogiendo setas y castañas. La niebla que cada mañana regalaba olor a hierba mojada que desaparecía a media mañana Ah, qué lejos queda aquello y cuánto daría por volver a repetirlo una vez, solo una. 

Las nubes se le echaron encima y un aguacero descargó con intensidad, recargando la tierra de barro y las huertas de vida. Ese olor a tierra mojada que invadía el alma y que se llevaría metido en un tarro para respirarlo si eso fuera posible. Dejó atrás la fuente de la mina, los carballos, las piedras que seguirían agonizando eternamente, impasibles viendo la vida pasar, la huerta que ya no lo era, los frutos del esmero... 

Y al llegar, calada hasta los huesos, un humo blanco contrastaba con la humedad que envolvía el ambiente con un halo de misterio y calor conocido. Atravesó aquellos dos muros de piedra de una casa vieja donde hacía muchos años ya no tenía moradores cuyas piedras aguantaban estoicamente quizá con un poco más de desnivel, y agujeros en el tejado de heridas antiguas. 

Se dio la vuelta y miró atrás. Y allí, a lo lejos, en el camino, otro ángel de alas invisibles, con barba y mirada pícara, caminaba en dirección contraria con las manos en los bolsillos. A dónde la felicidad todavía existe y donde ya viven gran parte de los protagonistas de esta historia, que sonríen desde las estrellas a los que aún hoy, seguimos dejando huella en la tierra por la que ellos caminaron antes". 

jueves, 12 de septiembre de 2024

CADA FINAL ES UN COMIENZO

 Llega el fin de una etapa. 

El final a dos años y medio que me trajeron un cambio de aires que necesitaba hace mucho tiempo. No puedo quejarme del anterior destino porque siempre tuve la suerte de ser bien acogida, tanto en el trabajo como por la gente que me he ido encontrando en el camino. 

Pero esta es... diferente. Esta vez me fastidia especialmente. A pesar de que el momento iba a llegar irremediablemente, creo que uno nunca está preparado para irse de un sitio donde, aunque haya habido momentos mejores y peores -como en cualquier sitio y momento de la vida - puedo decir que he sido feliz. Muy feliz. 

Esta ciudad me gustó desde el primer día. No demasiado grande, con todo a mano, con vidilla... es todo lo que necesitaba. Pero si algo pude comprobar en los años que llevo fuera de mi casa -que por cierto, ahora que hago memoria han sido unos cuantos - es que lo que hace a un sitio bueno o no, es la gente que te rodea. Y en eso yo siempre he sido más afortunada que con el Gordo de la Lotería. 

Aquí me acogieron desde el primer momento. Me sentí en casa a pesar de estar a casi quinientos kilómetros. Me adapté rápido a una manera de trabajar que al principio me pareció desconcertante, pero pronto comprobé que al lado tenía gente maravillosa que se empeñó en hacerme sentir cómoda, y con los que pude aprender mucho. No solo de trabajo, sino también, de la vida. 

Este trabajo nos permite conocer muchas ciudades -si es que queremos - . Empezar en un sitio y volver a hacerlo en la otra punta del país al siguiente si es que las cosas no van como queremos -o sí, y nos da por conocer sitios nuevos - 

Hoy tengo una sensación de pena y melancolía que no me deja disfrutar de este momento donde debería embargarme la ilusión de volver a casa por fin. Después de cinco años donde no he tenido momentos especialmente buenos y cuando me ha tocado luchar con cosas que uno nunca está preparado para asumir. A lo largo de esta partida por la que transcurre mi vida, he tenido manos de cartas más o menos favorables, pero a pesar de todo, puedo decir que he ido consiguiendo mantenerme a flote, aunque muchas veces haya necesitado parar a coger aire. 

Pero de eso se trata. De remar, de nadar contracorriente, de no rendirse nunca. De que podrán venir mal dadas, pero las cartas son las que son y con ellas tenemos que seguir jugando. Con más o menos suerte, pero con la mirada puesta en el horizonte creyendo que tarde o temprano la vida mejorará y todavía queda algo nuevo que vendrá. 

No sé si será así, ni lo que nos deparará esta nueva etapa. Solo sé que aunque vengan tiempos convulsos, ahora podré verlos de otra manera, con menos estrés, desde casa y más cerca de los míos. Siempre me he considerado una persona independiente a la que no le importaba estar sola, pero reconozco que ahora, en este preciso momento de mi vida, necesito ayuda para enfrentar este nuevo capítulo y solo pido fuerza y tranquilidad para poder llevarlo de la mejor manera posible. 

Me llevo un recuerdo imborrable. Momentos de todo tipo, conversaciones de café, haber podido conocer sitios nuevos, pero sobre todo, me llevo un baño de cariño inmenso, buenas palabras, sonrisas, muchas risas y abrazos que me aposentaron el alma cuando más lo necesitaba. Pero sobre todo, me llego amigos, de esos con mayúsculas. De esos que te entienden y te conocen solo con mirarte a los ojos y saben que aunque por fuera sonrías por dentro el corazón está hecho pedazos. De esos que entienden y respetan, y que estuvieron, están y estarán dispuestos a seguir con todo y pase lo que pase. De familia elegida, al fin y al cabo. 

Gracias por todo, Logroño. Has sido un soplo de aire fresco y siempre estaré agradecida a la vida de haberte conocido y haberme regalado cosas tan maravillosas. 

Hasta pronto, no dudes que esto es un punto y a parte, porque volveremos a vernos algún día. 


martes, 10 de septiembre de 2024

 "Ser valiente. 

¿Significa eso no tener miedo de pequeños cuando pensamos que un monstruo enorme y peludo vive debajo de nuestra cama? ¿Significa decirle a nuestros padres cuando somos adolescentes que hemos suspendido un examen? ¿Significa decirle a la persona que creemos que será el amor de nuestra vida cuando tenemos veinte años que la queremos? ¿Elegir bien la carrera que vamos a estudiar? ¿Dónde vamos a trabajar? ¿Si nos compraremos un piso o una casa? ¿Vivir en la playa o en la montaña? 

Negarse a uno mismo una evidencia es de cobardes. No sé si quizá es una palabra muy fuerte pero sé que empeñarse en decir no a algo que la vida nos pone delante de los ojos una y otra vez, es inútil". 

Valiente sería poder sentarme frente a ti y decirte que te echo de menos cuando no hablamos. Que se me hace raro tener una buena noticia para darte y no hacerlo contigo delante. Que me gustaría estar a tu lado en los días malos, pero sobre todo ,en los buenos. 

Ser valiente sería poder decirle a quien te dejó escapar sin mirar siquiera atrás, que el amor estaba ahí, y era eso. Que cualquiera daría lo que fuera por compartir contigo sus momentos. Por llegar a casa y que tú estuvieras esperando, o que cada mañana cuando el sol se cuele por las rendijas de la persiana medio bajada estés tú durmiendo al lado. 

Ser valiente es aprender a descubrir que la vida es una carretera que se pierde en el horizonte y que no siempre vemos las señales que nos advierten del peligro. No nos dice si habrá una curva cerrada, un cambio de rasante, una niebla espesa que no nos deje ver lo que tenemos a dos metros, o un sol resplandeciente que nos permita parar en lo alto de un mirador donde, si respiras fuerte, se te llenan los pulmones y el alma. 

Ser valiente es aceptar, que a veces solo podemos coger el volante fuerte, con las dos manos, y esperar la próxima curva. El encanto de no saber lo que vendrá tras ella forma parte de un juego al que no elegimos venir, pero contra el que irremediablemente tenemos que jugar, de eso se trata la vida. 

Ser valiente es asumir que a cada uno nos toca una carretera y tenemos que ser nosotros los que decidamos dónde parar a respirar, cuántas curvas podemos tomar sin detenernos, y cuándo debemos pisar el freno cuando antes nos hemos pasado acelerando". 

domingo, 1 de septiembre de 2024

 "Podría enamorarme de ti solamente viéndote sonreír. 

 Cada vez que veo como los ojos se te iluminan y se te dibuja un hoyuelo en la barbilla cuando estás pensando en algo importante. 

 En cómo eres capaz de sacar una sonrisa a alguien a pesar de que por dentro te estés rompiendo. 

Pienso en que me equivoqué de elección. En que creí que compartía mi vida con la persona perfecta, y en cómo el castillo que construí en las nubes se fue derruyendo a la vez que perdía la ilusión y todos los proyectos quedaban encerrados en el doble fondo de un cajón que nadie quiso abrir. 

En que no sé en qué momento, ni cuándo ni cómo, me enamoré de ti. Sin darme cuenta. Cada vez que me hacías un comentario gracioso cuando era justo lo que necesitaba. Cuando me traías un café sin avisar justo como a mi me gusta. Cuando algún mensaje inesperado en el móvil me hacía rescatar los nervios que de repente se me ponían en el estómago y que tenía tan olvidados. 

Cómo he podido ir olvidando una de las mejores sensaciones de la vida. 

No puedo evitar imaginar cómo sería despertarme a tu lado cada día. En verte dormir. En la cara de paz que pones cuando sientes que nada malo puede pasar en el mundo. En llegar a casa y que tú me esperes en el sofá. En descubrir el mundo de tu mano. En ver las estrellas. 

Qué cobarde fui cuando en su momento pude decirte que te quería y no lo hice". 

De repente, sintió la puerta cerrarse tras de sí. Las manos dejaron de temblar, y las mariposas del estómago desaparecieron. Instintivamente cerró la pantalla del portátil y se levantó de la silla. 

-¿Todavía sigues trabajando? -le preguntó - 

-No, ya he terminado. ¿Te apetece que cenemos fuera? 

-Mejor otro día, he tenido un día horrible y solo me apetece tirarme en el sofá a ver la tele. 

Ella encajó aquella respuesta como una señal más de que cualquier cosa que en el paso les pudo unir, ya no existía. Que se esfumaba como el humo del último cigarrillo que había apagado hacía solo un par de minutos, mientras tecleaba. Aquello hacía mucho tiempo que había dejado de tener sentido. 

-¿A ti que te apetece hacer? -la miró mientras se alejaba - 

-Vivir... -susurró en un tono tan bajo que sabía que hubiera escuchado aquel aliento que le salió del fondo del alma y que, fue, sin saberlo, el principio del fin. O tal vez el principio del resto de su vida - 

viernes, 30 de agosto de 2024

LO QUE UNO HACE CON LO QUE TIENE

 Ya decía John Lennon aquello de que "la vida es lo que va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes". O algo así. 

Mentiría si dijera que no contemplé la posibilidad de irme, porque la mente, aunque la quieras controlar, a veces vuela sola. Y sé que soy afortunada, porque aunque sea por una putada de tamaño planetario, vuelvo a casa después de estar fuera solo cinco años. 

No me había imaginado la vida así. Si hace seis años me hubieran dicho que sería como es ahora, diría que es imposible. Y no me atrevo a decirlo en alto, pero tengo miedo. Porque desde que me alcanza la memoria, desde hace unos años, cada vez que la vida me ha regalado algo bueno, detrás ha venido algo que me hizo vivir del revés y ya me he acostumbrado tanto que me cuesta pensar que todo va a ir bien. 

A pesar de que para tener treinta y cinco años ya me considero doctorada en la vida. Pero aun así, puedo decir, que a mi manera, soy feliz. Tengo trabajo fijo desde hace seis años, tengo salud, tengo amigos de los buenos, me he enamorado, desenamorado, he vivido en varios sitios... supongo que gran parte de lo que una persona puede pedir a la vida. 

Y ahora que por fin, después de años, ha llegado otro golpe de suerte, quiero seguir creyendo que irá bien pero algo no me deja disfrutarlo como debería. Llevo días que apenas puedo comer, me cuesta dormir y cuando lo hago me despierto, sueño... supongo que los cambios es lo que tienen. Estamos diseñados para sentir miedo a lo desconocido. 

Miedo. Qué palabra. Yo pensé que sabía lo que era el miedo. Suspender un examen, tener un problema con el coche, romper una relación... pero no tenía ni idea. La primera vez que sentí miedo fue en una consulta médica, cuando me dijeron lo que hasta entonces me hizo más daño en mi vida: cáncer. Ahí comenzó una odisea de veintiseis meses que terminó una madrugada de marzo en la que el viento y la lluvia azotaban los cristales sin clemencia. A mí que me encanta la lluvia, qué paradoja. 

Cuando todo pasó y pensé que no podía haber nada peor de lo que habíamos pasado, vino otro envite todavía peor que el anterior. Y con ello estamos, en la lucha. No sé si hice algo mal, si en otra vida fui una tirana que solo se dedicó a hacer el mal y lo estoy pagando en esta.... solo sé que quiero intentar seguir haciéndolo lo mejor posible. 

Ayer era mi último viaje por una temporada -mi madre siempre me dice que nunca se puede decir "el último"- y curiosamente, llovía. Y mientras conducía, lo pensé. La lluvia para mi siempre tuvo un significado.... "romántico" por así decirlo. Yo tengo la teoría de que la lluvia limpia todo de malos sentimientos y vibraciones, y me encanta la sensación de irme a la cama oyendo llover. 

No sé que me esperará en esta nueva etapa -que no nueva vida - ni si el tiempo me dará una tregua antes de la siguiente prueba. Solo puedo irme feliz, agradecida al destino por haberme cruzado una vez más gente maravillosa en el camino. Gente que se ha alegrado por mi, que ha llorado conmigo, con la que me he reído, a la que le he contado mi vida en verso y cuyas historias he escuchado a veces con los ojos empañados. 

Y como todo en la vida son experiencias, ésta me ha servido para ser consciente de muchas cosas. Para saber que gente que estaba sigue estando, y que la que crees que lo estaba igual no era tanto. Que nunca te puedes fiar cien por cien porque hasta los pilares más fuertes y mejor construidos se caen. Me he propuesto ser fuerte y tratar de disfrutar de lo que venga porque es lo único a lo que me puedo agarrar. Al día a día, a los pequeños momentos. 

Así que aquí, y ahora, comienza otra etapa de la historia. 


jueves, 20 de octubre de 2022

DESEOS A LA LUNA

Aquella noche hacía un calor bochornoso. 

Después de un breve paseo, me asomé a la ventana buscando aire fresco que no encontraba por ningún sitio. 

De repente, miré al frente y te vi. Con ese color amarillo que a veces te da un aire de misterio, como el que sale en las películas cuando el protagonista se replantea su vida y te mira como si tú tuvieras todas las respuestas. 

Cuántas veces te las había pedido yo, en noches de insomnio. Cuando a pesar de sentir que mi cuerpo no podía más y me iba a desplomar de un momento a otro, no conseguía que el sueño me venciera. Cansada de dar vueltas en la cama, me levantaba y te buscaba desde la ventana, unas veces parecía que me estabas esperando mirándome de frente, y otras te escondías detrás de las nubes, supongo que cuando no eras capaz de darme las respuestas que esperaba, o al menos, las que buscaba. 

Cuántas noches te pregunté si todo iría bien, si lo conseguiríamos. Cuando la desazón me carcomía por dentro y en el fondo algo muy dentro de mí me decía que aquellos días felices tenían un día marcado en el calendario. Las noches de verano en que, de pequeña, me sentaba en las escaleras de cemento de la casa del pueblo, con él detrás mirando el cielo detrás de mí, con el único ruido de las cigarras y los grillos rompiendo el silencio, y con el humo que desprendía el cigarillo que solía fumar y que dejaba un olor diferente allí, con el aire puro, como si tuviera la sensación de que estando él a mis espaldas, aunque no pudiera verle, no me pudiera pasar nada malo en el mundo. Qué curioso, ahora lo hago, aunque no sea verano, aunque ya no oiga los grillos, aunque tenga muchos años más encima, y aunque ya no pueda oler el humo de su tabaco. Pero le sigo sintiendo detrás, a la espalda. Tengo una sensación tan clara que sé que si en algún momento me doy la vuelta, va a levantar aire porque se habrá movido para que no pueda verle pero sepa que sigue conmigo. 

Siempre he creído que tienes un magnetismo raro, especial. Que tienes un don para calmar. O al menos, conmigo lo tienes. Igual que el mar. Sentir que las olas se estrellas contra las rocas es como sentir que algo deshace los nudos internos que tenemos y el salitre se pega y arrastra todo lo malo que tenemos. Teorías absurdas, supongo, pero que sirven para que, en un mal día, pensemos que otro salitre es capaz de llevarse lo malo de la vida y dejarnos un poco salado que acaba desapareciendo con más o menos tiempo. Al final, todo se reduce a eso, tiempo. 

A veces me paraba a pensar en todas las cosas que sabrías de la gente. En todo lo que te habrán contado, o lo que sabrás de nosotros cuando nos sentamos a mirarte como si en verdad pudieras darnos alguna respuesta a lo que nos pasa. Habrás sido testigo de amores, desamores, noches en vela, lágrimas y sonrisas, de noticias buenas y no tanto... 

Espero que no cambie nunca la sensación de paz de sentarme en las que ahora son mis escaleras, notando el frío de otra época, escuchando el silencio mientras te miro, y siga sintiendo que alguien me protege la espalda. 


MUROS

 "Te tengo al lado y pienso en todas las conversaciones por WhatsApp.   Pero esta vez no estás detrás de una pantalla. Estás ahí, a mi ...