Llega el fin de una etapa.
El final a dos años y medio que me trajeron un cambio de aires que necesitaba hace mucho tiempo. No puedo quejarme del anterior destino porque siempre tuve la suerte de ser bien acogida, tanto en el trabajo como por la gente que me he ido encontrando en el camino.
Pero esta es... diferente. Esta vez me fastidia especialmente. A pesar de que el momento iba a llegar irremediablemente, creo que uno nunca está preparado para irse de un sitio donde, aunque haya habido momentos mejores y peores -como en cualquier sitio y momento de la vida - puedo decir que he sido feliz. Muy feliz.
Esta ciudad me gustó desde el primer día. No demasiado grande, con todo a mano, con vidilla... es todo lo que necesitaba. Pero si algo pude comprobar en los años que llevo fuera de mi casa -que por cierto, ahora que hago memoria han sido unos cuantos - es que lo que hace a un sitio bueno o no, es la gente que te rodea. Y en eso yo siempre he sido más afortunada que con el Gordo de la Lotería.
Aquí me acogieron desde el primer momento. Me sentí en casa a pesar de estar a casi quinientos kilómetros. Me adapté rápido a una manera de trabajar que al principio me pareció desconcertante, pero pronto comprobé que al lado tenía gente maravillosa que se empeñó en hacerme sentir cómoda, y con los que pude aprender mucho. No solo de trabajo, sino también, de la vida.
Este trabajo nos permite conocer muchas ciudades -si es que queremos - . Empezar en un sitio y volver a hacerlo en la otra punta del país al siguiente si es que las cosas no van como queremos -o sí, y nos da por conocer sitios nuevos -
Hoy tengo una sensación de pena y melancolía que no me deja disfrutar de este momento donde debería embargarme la ilusión de volver a casa por fin. Después de cinco años donde no he tenido momentos especialmente buenos y cuando me ha tocado luchar con cosas que uno nunca está preparado para asumir. A lo largo de esta partida por la que transcurre mi vida, he tenido manos de cartas más o menos favorables, pero a pesar de todo, puedo decir que he ido consiguiendo mantenerme a flote, aunque muchas veces haya necesitado parar a coger aire.
Pero de eso se trata. De remar, de nadar contracorriente, de no rendirse nunca. De que podrán venir mal dadas, pero las cartas son las que son y con ellas tenemos que seguir jugando. Con más o menos suerte, pero con la mirada puesta en el horizonte creyendo que tarde o temprano la vida mejorará y todavía queda algo nuevo que vendrá.
No sé si será así, ni lo que nos deparará esta nueva etapa. Solo sé que aunque vengan tiempos convulsos, ahora podré verlos de otra manera, con menos estrés, desde casa y más cerca de los míos. Siempre me he considerado una persona independiente a la que no le importaba estar sola, pero reconozco que ahora, en este preciso momento de mi vida, necesito ayuda para enfrentar este nuevo capítulo y solo pido fuerza y tranquilidad para poder llevarlo de la mejor manera posible.
Me llevo un recuerdo imborrable. Momentos de todo tipo, conversaciones de café, haber podido conocer sitios nuevos, pero sobre todo, me llevo un baño de cariño inmenso, buenas palabras, sonrisas, muchas risas y abrazos que me aposentaron el alma cuando más lo necesitaba. Pero sobre todo, me llego amigos, de esos con mayúsculas. De esos que te entienden y te conocen solo con mirarte a los ojos y saben que aunque por fuera sonrías por dentro el corazón está hecho pedazos. De esos que entienden y respetan, y que estuvieron, están y estarán dispuestos a seguir con todo y pase lo que pase. De familia elegida, al fin y al cabo.
Gracias por todo, Logroño. Has sido un soplo de aire fresco y siempre estaré agradecida a la vida de haberte conocido y haberme regalado cosas tan maravillosas.
Hasta pronto, no dudes que esto es un punto y a parte, porque volveremos a vernos algún día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario