"Caminó por aquel camino de tierra que la vio crecer, mientras los nubarrones que cada vez estaban más cerca, anunciaban fiesta.
En esos senderos donde, siendo una niña, corrió hasta perder el aliento, se amontonaban recuerdos felices de otros tiempos. Donde al levantar la vista, los prados verdes parecían dejar un horizonte infinito y donde tantas veces se tumbaron bajo la sombra de los árboles.
Habían pasado más de veinticinco años desde la última vez que todos habían dado el último paseo juntos. Desde la última vez que hicieron su particular competición de salto de altura desde el muro de una finca que fue testigo de risas y algún que otro aterrizaje forzoso en hierba fresca que no tuvo mayores consecuencias. Que escuchó suspiros de amores, y tejió redes de amistad eternas.
Tiempos aquellos donde tres ángeles de alas invisibles caminaban cada tarde por los mismo caminos polvorientos mientras miraban como las tierras que con tanto esfuerzo trabajaron sus manos ajadas por mil inclemencias, iban dejando paso al barbecho después de dar fruto tras toda una vida, donde comer era casi un lujo, y donde casi tenían que levantarse a ganar el jornal antes de ver salir el sol.
Dejaron los niños de escuchar de lejos, aquellas historias que contaban los viejos, a veces con cara de pena, a veces con una sonrisa inocente. Aún recordaba cómo las bolsas de patatas recién sacadas de la tierra venían a casa en una tela atada de manera magistral sobre la cabeza de una de ellas, sin inmutarse ni notar el peso que seguramente sobrepasaría los cinco kilos.
Era el mismo escenario de su infancia. Los mismos árboles centenarios guardando las sombras, las casas que albergaban las raíces de varias generaciones, los caminos resecos donde siempre se hacían los mismos charcos, probablemente hasta las piedras no habrían sido movidas. La fuente de la mina que presidía la subida a la sierra, desde donde había las mejores vistas de todo el valle, regalaba cada vez un hilo de agua más fino, pero igual de puro que cuando eran niños. La mejor agua del pueblo, que decían los abuelos. Las chimeneas que año tras año dibujaban en el cielo el calor de los hogares donde se cocían potajes y se aliñaban conversaciones.
Cuánto echaba de menos todo aquello. De repente, como si los recuerdos se agolparan, se escuchó un trueno que retumbó entre los carballos. Y supo que no tendría tiempo de volver a casa sin mojarse, pero dio igual. Recorrió de vuelta todo el camino, curva tras curva, mientras su mente dibujó los momentos felices. Las tardes en las que su padre le enseñó a montar en bicicleta, los paseos por el monte cogiendo setas y castañas. La niebla que cada mañana regalaba olor a hierba mojada que desaparecía a media mañana Ah, qué lejos queda aquello y cuánto daría por volver a repetirlo una vez, solo una.
Las nubes se le echaron encima y un aguacero descargó con intensidad, recargando la tierra de barro y las huertas de vida. Ese olor a tierra mojada que invadía el alma y que se llevaría metido en un tarro para respirarlo si eso fuera posible. Dejó atrás la fuente de la mina, los carballos, las piedras que seguirían agonizando eternamente, impasibles viendo la vida pasar, la huerta que ya no lo era, los frutos del esmero...
Y al llegar, calada hasta los huesos, un humo blanco contrastaba con la humedad que envolvía el ambiente con un halo de misterio y calor conocido. Atravesó aquellos dos muros de piedra de una casa vieja donde hacía muchos años ya no tenía moradores cuyas piedras aguantaban estoicamente quizá con un poco más de desnivel, y agujeros en el tejado de heridas antiguas.
Se dio la vuelta y miró atrás. Y allí, a lo lejos, en el camino, otro ángel de alas invisibles, con barba y mirada pícara, caminaba en dirección contraria con las manos en los bolsillos. A dónde la felicidad todavía existe y donde ya viven gran parte de los protagonistas de esta historia, que sonríen desde las estrellas a los que aún hoy, seguimos dejando huella en la tierra por la que ellos caminaron antes".
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