martes, 6 de mayo de 2025

EL SOL EN LA CARA

 El primer día de sol es como una especie de pistoletazo de salida a algo distinto, nuevo. Es como si dijéramos, el principio del verano. 

Pocos placeres mejores le encuentro a la vida que el primer día de buen tiempo, caminando por la orilla de la playa, mojando los pies y sentir el viento en la cara. 

La arena que baila como una serpiente entre las dunas y que golpea las piernas pegándose a las gotas de mar. El tacto del salitre en la piel, el olor a mar, el efecto hipnótico de las olas rompiéndote en los pies. 

Ayer fue uno de esos días en los que esa hora y media caminando me supo a gloria. La sensación de calma. Ir escuchando música con el ruido del mar de fondo. 

Siempre pensé que el mar tiene un poder terapéutico. Que cuando las olas rompen con fuerza en las rocas tienen el poder de deshacer todo lo malo que hay sobre ellas y llevárselo lejos. Hace tiempo le atribuí a la lluvia esa especie de poder mágico, por eso me encanta. 

Creo que una de las cosas que más me gusta en el mundo es sentarme al lado de la cocina de leña de la casa del pueblo y escuchar llover sobre el tejado mientras los troncos ardiendo chisporrotean. Y salir al porche, incluso mojándome, y sentir la mezcla del olor de la leña con el de la tierra mojada. 

Si me preguntaran alguna vez por algún pequeño placer de la vida, sin duda uno sería ese. Algo parecido a cuando hay una tormenta después de un día de calor de esos en que se achicharran hasta las ideas, y de repente un chaparrón suelta toda la rabia sin contemplación sobre la tierra. El vaho que sale, esa sensación de humedad sana. Ojalá pudiera embotellarlo y guardarlo para abrirlo en esos días de mierda en que no le encuentras sentido a nada. 

Y ojalá la vida tuviera un poder semejante para llevarse todo lo malo mar adentro. Para llevarse la rabia que provoca una mala jugada de alguien a quien quieres. El dolor de un desengaño. La pena que deja alguien que se va a vivir a las estrellas. Ojalá. 

Pero al final, siempre nos quedarán los paseos por la orilla del mar. El sabor a salitre en los labios. La fuerza de las olas golpeando las piedras, y la arena rebozada en los pies. 

Por mucho que sintamos que una ola gigantesca nos atrapa y no nos deja salir... siempre nos quedará eso. 

La capacidad de que nunca es demasiado tarde para que otro día más, podamos seguir sintiendo el sol en la cara. 

LLEGAR A PUERTO

 Últimamente no paro de preguntarme si he dejado pasar todas las oportunidades que merecieron la pena en mi vida.      Llegas a un punto en ...