"Se despertó con el sol entrando tímidamente por la ventana. Había llovido a mares toda la noche.
Olía a café y oyó el sonido de tazas en la cocina. Era quizá su olor favorito. Cuando empezaba a hervir y un vaho transparente salía de la cafetera italiana que había heredado de su abuela. Le tenía un cariño enorme a aquella pieza que había visto ya desayunar a tres generaciones de su familia, era su pequeño tesoro. La posibilidad de tener un anclaje con el pasado y con los recuerdos que le hacían sonreír pensando que quizá no todo tiempo pasado siempre fue mejor.
Decidió quedarse un par de minutos en la cama. Recordó cuando llegaron a casa. Con toda el agua que el cielo descargaba encima, tiritando pero con una sonrisa de oreja a oreja. Se habían quedando trabajando hasta tarde y después de cenar comida china que les habían traído del restaurante de abajo, se quedaron charlando cuando ya todo quedó terminado.
Había deseado tanto ese momento que creyó que no llegaría nunca. Habían compartido todo. O casi. Cada uno de sus momentos buenos, y con mayor razón, los malos. Podrían ser almas gemelas que se entendían solo con mirarse. Que sabían lo que pensaban solamente con mirarse a los ojos. Tal vez el paso de los meses -y los años - les había ayudado en convertirse en la persona... En su persona. En ese alguien con quien puedes compartir todo lo que la vida se va empeñando en traer.
Y de camino a casa, la tormenta que había anunciado un calor sofocante que casi no dejaba pensar descargó con tanta fuerza que los paraguas no soportaron el viento que se llevó de golpe todas las dudas. Se echaron a reír como adolescentes, se cogieron de la mano y dejaron que la lluvia llenase las calles y sus cuerpos de un agua que borró cualquier mal sentimiento.
Y de repente ocurrió. Cuando llegaron al portal, las miradas dejaron paso al silencio y los labios se unieron sin necesidad de hablar. Con las manos empapadas y la ropa calada de agua entraron a trompicones en el edificio y tras subir los escalones de dos en dos llegaron a casa donde las pieles se erizaron y las caricias descubrieron un amor latente que se había desbordado como una presa que se abre de golpe ante una avenida.
La noche pasó entre rayos, truenos, y confidencias. Desearon con todas sus fuerzas que el amanecer no llegara, por si todo era un sueño y al despertar nada de lo que había pasado hubiera existido.
Y entonces, abrió los ojos. Los había cerrado para recordar cada detalle, cada palabra. Cada roce entre las sábanas revueltas y enredadas que habían sigo testigos mudos de algo que no sabían si acababa de empezar, o solamente quedaría en flor de un día.
Pero entonces unos pies descalzos resonaron en el suelo. Y por el marco de la puerta, apareció. Con los ojos sonriendo a punto de soltar estrellas fugaces y el pelo revuelto por las secuelas de la tormenta, y sobre todo, de la noche.
Se sentó a su lado, posó la bandeja en sus piernas y mientras cogía una de las tazas humeantes para darle un sorbo al oro negro líquido que acababa de preparar, se miraron.
Llegaba el momento.
Sí o no.
Decidir si todo había sido fruto de una noche y seguir cada quién por su lado, o el pistoletazo de salida a algo que ni siquiera sabían como describir.
Entonces, el silencio se rompió tras un trago de café.
-¿Y mañana, qué? -
-Mañana... -soltó aire como si eso pudiera hacerle entender qué es lo que realmente quería, aunque su interior lo estuviera gritando a los cuatro vientos - Mañana yo que sé -y la sonrisa involuntaria que se le dibujó en la cara impidió que hiciera falta decir más -