Pensamos que conocemos a la gente que nos rodea.
Siempre tendemos a creer que si nos pasa algo malo estarán a nuestro lado, y si nos pasa algo bueno compartirán nuestra alegría.
El problema es que lo que esperamos, no siempre coincide con la realidad. Y todas las expectativas que ponemos en la reacción de alguien cuando nos ocurre algo puede caerse como un castillo de naipes.
"El corazón tiene razones, que la razón no entiende" -decía Blaise Pascal - O dicho de otra manera, lo que nosotros sentimos no siempre tiene que coincidir con lo que sientan o piensen los demás, y de ahí viene todo. A veces pensamos que lo que dibujamos en nuestra mente va a coincidir coma con coma con la verdadera reacción de alguien, y pasa como cuando lees un libro y luego ves la película que trata sobre él. Rara será la ocasión en que coincida con lo que nosotros habíamos imaginado, o nos guste tanto como esperábamos.
Con esto ocurre exactamente lo mismo. Cada persona tiene una manera de pensar, y por eso tendemos a idealizar algo a nuestro gusto. Al amor de nuestra vida cuando tenemos quince años, el trabajo, la casa, los hijos que vamos a tener.... a veces la realidad coincide, pero otras no.
Me he llevado ya un montón de decepciones en mi vida. Quizá porque tengo un carácter que me impide ir solamente a lo mío y dar la espalda a alguien cuando necesita algo. Siempre digo que soy bilingüe porque hablo por los dos codos, y no me cuesta mucho trabajo conocer a alguien y entablar conversación enseguida. Así llegaron a mi vida alguna de las personas más importantes, y de la misma manera desaparecieron otras.
También he de decir que al menos, desde que recuerdo, siempre hice diferencias dependiendo de quién se tratara y de cuán grande fuera la put****. En algunos casos y ciertos momentos me molesté en tratar de olvidar y hacer borrón y cuenta nueva, y lo conseguí, pero en otros no. Y a estas alturas, es algo que sé que no va a cambiar.
He tenido enfados gordísimos con gente con la que sigo en contacto, a pesar de que en ese momento se me rompiera el corazón, o me dieran ganas de mandar a esa persona a tomar por donde rompen los cestos. Y me he aguantado, unas veces porque me pillaron de buenas, y otras porque había por medio terceras personas que se iban a ver más o menos perjudicadas por ello. Unas veces puse la otra mejilla, y otras no.
A lo que voy, es que hace tiempo, decidí que solamente quiero en mi vida a quien realmente me aporte algo bueno -ni siquiera a quien no aporte nada, y por supuesto menos aún si encima aporta malo - Creo que tiene que llegar un punto en la línea de la vida de una persona en que no tengas que aguantar carros y carretas por no perder a alguien, porque si una persona que te conoce de hace años, te aprecia, tiene que al menos tener la deferencia de pensarse dos veces las cosas antes de abrir la boca y decirte cosas que te hacen trizas. Unas con buena voluntad y otras no tanto, pero que hacen daño al fin y al cabo.
Y es curioso, normalmente siempre está el socorrido mecanismo de "es que es así y hay que aceptarlo como es". Pues no, a mi eso ya no me vale, porque yo también soy como soy y tampoco me apetece ir dando bufonazos a diestro y siniestro, a pesar de que todos tenemos malos días. Y en todo caso, aunque a veces no lo pueda controlar y quizá haya hecho daño inconscientemente, al menos he intentado pedir perdón.
Entiendo que el umbral de ofensa es muy personal y cada persona puede ponerlo donde considere conveniente, pero de la misma manera que nosotros tenemos el nuestro, los demás también lo tienen. Y hay cosas que duelen. Y lo que más me preocupa, no es la gente que en un arranque te dice cuatro barbaridades sin pensar, porque aunque no lo justifico si que puedo llegar a entender que en un momento dado todos podemos perder los papeles.
Lo que no entiendo ni entenderé nunca es decirle a alguien que quieres -o aprecias, o cómo lo queramos llamar - algo que sabes que le va a hacer daño, y aun así se lo dices. Y no una vez, sino las que se tercien. Y que mientras lo haces estés sabiendo que le estás haciendo polvo, y sigas lanzándote como un precipicio. Y en ese momento es cuando hay que pararse a pensar si una relación -sea del tipo que sea - merece la pena o no.
Aprendí, como me dijo una de las personas más sabias que conocí en mi vida, que "a este mundo venimos solos, y nos vamos solos". Y es una de las mayores verdades que me han podido decir. Con esto no pretendo decir que tengamos que sacar de nuestra vida a todo aquel que en un mal momento tenga un comentario desafortunado, pero sí aprender a valorar a quien realmente lo merece.
A estas alturas de mi vida, es la lección más valiosa que he aprendido. A que solamente quiero invertir mi tiempo con quien de verdad me lo ha demostrado, y continuar el camino con ellos, con curvas, con baches o con lo que venga. Porque es lo más valioso y lo mejor con lo que me puedo quedar.