Tiene que pasar algo malo para que nos demos cuenta de lo afortunados que somos. De que ahora lo tenemos todo y al minuto siguiente no.
La sensación indescriptible de que se tambalee el mundo. De que, de repente, todo lo que conoces se dé la vuelta y ya nada sea como antes. Cuando el antes era hace apenas diez minutos.
Y todo pasa a un segundo plano. Absolutamente todo. La familia, los amigos, el trabajo, los planes, las ilusiones. Es como si de pronto te pegaran los pies al techo y caminaras boca abajo. Como si te soltaran sin ningún aviso en un mundo completamente desconocido.
El miedo. El puto miedo. El no saber qué te espera, qué va a pasar. La sensación de sentirte vulnerable, perdido. Como un niño en medio de un bosque en una noche oscura.
Pensamos que podemos con todo, que todas las cosas que vivimos en el día a día están bajo nuestro control. Qué equivocados estamos. Y lo peor es que tiene que pasar algo así, a nosotros, o a alguien que queremos, para ser conscientes de que la vida no la dirigimos nosotros, nos la dirige el destino. El que a veces se empeña en acabar la partida cuando estamos en la mejor parte.
Ojalá supiéramos cuando va a llegar el fin de la partida. Ojalá supiéramos cuál va a ser la última vez que vamos a hacer las cosas. A ver la luz del sol por la mañana, a dar un paseo por la orilla del mar, a reírnos con un amigo de toda la vida, a saborear una taza de buen café, a decirle a alguien "te quiero".
Ni siquiera sé si yo querría saberlo. Por un lado, quizá sí, por si puedo no dejar cabos sueltos pendientes, pero por otra, pienso que todo quedaría allí. No sé si podría con la sensación de que el reloj va en contra y que cada día puede ser el último.
Cuando la realidad golpea, nos hace ser conscientes de que somos mortales, aunque siempre lo hayamos sabido. Solo que la manera de hacerlo, es brusca, implacable, radical. No encontramos palabras, porque no las hay.
Y por eso, hoy tampoco las encuentro. A pesar de que nunca lo perdamos de vista, nunca estamos preparados para aceptar que la partida se acaba. Nunca estamos preparados para decir adiós. Para sufrir una pérdida. Para aprender a vivir de nuevo. Porque no sigues viviendo, sigues sobreviviendo. El tiempo no cura la herida, solamente aprendes que hay que seguir adelante con el vacío, con la idea de no volver a ver a esa persona.