jueves, 12 de junio de 2025

 El descanso, por fin. 

Es algo que llevábamos esperando mucho tiempo. Una fortaleza de otra galaxia que no entendíamos ni de dónde venía te hizo llevar las fuerzas al extremo. El aviso llegó varias veces, pero nunca se cumplía. A veces, llegamos a pensar que eras inmortal. Poco te faltó. 

Aunque suene egoísta, si el final hubiera llegado hace unos años, tampoco hubiera pasado nada. Creo que llega un momento en la vida de una persona en que el camino se acaba y al menos deberíamos ser capaces de poder elegir el momento de irnos, con dignidad. Y más, en una enfermedad. Ser dueños de nuestra vida, pero sobre todo, de nuestra muerte. De cuándo, y de como. Esa es la libertad más importante. 

Te fuiste en silencio. Sin hacer un ruido. Creo que no pilló a nadie de sorpresa, aunque en realidad, nunca se está preparado para decir adiós. En un sentimiento extraño que me lleva acompañando desde ayer, por un lado la pena de que te hayas ido, pero por otro, la tranquilidad de saber que ya descansas. No puedo decir que dejaste de sufrir, porque nunca lo hiciste. Hasta para eso, hubo suerte. 

Disfrutaste una vida plena, con hijos, con nietos, con biznietos... casi 101 años de existencia que seguramente vio toda clase de cosas, y otras muchas que pasaron y de las que ya no te enteraste, porque habías ido abandonando este mundo aunque tu cuerpo siguiera aquí. Pero solo era eso, el envoltorio. Tú te fuiste hace ya muchos años. 

Justamente, el día antes, habíamos estado hablando de ti. Como si fuera una especie de premonición. Como si algo dentro... no sé explicarlo. Nos acordamos de las cosas que nos cocinabas de pequeños, de la disposición que tenías siempre para la cocina, de que nunca nada te dio pereza. Recordé el olor de aquellas empanadas que llegaba a la calle y que eran famosas en el barrio. Las caminatas que llegaste a darte desde tu casa a la mía con sopa porque sabías que me encantaba. Los frixuelos. Las tortillas. 

Queramos o no, eras un pilar que unía, y que hoy, desaparece. Físicamente, eso sí. Porque siempre te llevaremos con nosotros en los recuerdos que tú fuiste perdiendo poco a poco. 

Abuela, por fin descansas. Y me alegro. Porque si estuvieras bien seguro que tú misma dirías que vivir así, no es vivir. Y todos lo veíamos, aunque hoy nos duela no volver a verte. Pero ya estás con el abuelo, y con toda la gente que quisiste y con los que ya podrás estar charlando en el cielo. La vida fue generosa contigo, te dio una vida larga, apacible y sin sobresaltos, hasta el último segundo, donde ni siquiera lo pasaste mal ni la angustia dejó que esos últimos momentos se convirtieran en un recuerdo áspero que nos dejara algún cargo. Nos queda la satisfacción de que han sido muchos, muchos años, y que te fuiste cómo tu querías. 

Deseo que ahora que vives en las estrellas, hayas encontrado todos los recuerdos que perdiste en este mundo, y volvieras a recuperar aquella vitalidad que tenías y recuperes las ganas de caminarte el cielo entero. Dile a papá que lo quiero, y que lo echo de menos cada día. Que no se preocupe, que estamos bien. Pero que no permita lo que él y yo hablamos a veces. Él sabrá a qué me refiero. 

Curiosamente, ayer cuando llegué al tanatorio, una tormenta dejó resonar truenos un buen rato y un chaparrón tremendo ayudó a sofocar un bochorno que se hacía irrespirable. Era el principio de otro nuevo libro para ti.  

Y ahora mismo, mientras te escribo esto, ha empezado a llover. Y ya sabes el significado que tiene para mí la lluvia. 

El cielo está de fiesta. Te están dando la bienvenida. Te queremos Yeya. Nos vemos en las estrellas. 

LLEGAR A PUERTO

 Últimamente no paro de preguntarme si he dejado pasar todas las oportunidades que merecieron la pena en mi vida.      Llegas a un punto en ...