"La niebla había bajado a primera hora de la noche, y el ambiente se había tornado frío y húmedo.
Una pequeña capa de escarcha cubría los prados mientras un halo de nubes casi transparentes imprimía una imagen de letargo, que invitaba a meterse debajo de una manta viendo el fuego tras la chimenea. El invierno siempre le había gustado, y aquellos días, eran su forma preferida de perder el tiempo pensando en nada viendo las horas pasar.
El reloj había ido marcando los minutos sin que fuera capaz de dormir en toda la noche, y el agotamiento se reflejaba en su cara con un color parduzco debajo de los ojos, que miraban tristes. Se puso por encima del pijama una chaqueta de lana gorda, heredada de su abuela. La había tejido hacía muchos años, con aquellos dedos encorvados, ajados por el paso inexorable del tiempo, y a pesar de que tenía varias décadas, se conservaba perfectamente. La guardaba como oro en paño, porque al ponérsela los recuerdos de tiempos felices la inundaban y la hacían sonreír inconscientemente.
Fue a la cocina, cogió una taza y se sirvió un poco de café recién hecho, de la cafetera que, con ella, había dado de desayunar a cuatro generaciones. El olor de aquel oro líquido color marrón le hacía sentirse en casa y no había nada que le gustase más por las mañanas. Se volvió sobre sus pasos, y abrió la puerta. El viento húmedo le dio en la cara, y miró a lo lejos. Parecía que el pueblo aún se despertaba entre la bruma, y alguna chimenea dejaba entrever que alguien había madrugado más.
Miró a las paredes derruidas de la casa de enfrente, que apenas se mantenía en pie, y a la que el tejado había decidido venirse abajo de la misma manera que ella había hecho alguna vez. La diferencia es que él no podría reconstruirse solo. Sonrió recordando sus años de infancia, cuando un ángel de alas invisibles y pelo cano se asomaba a la ventana tras apartar una sempiterna vara de avellano que hacía las veces de cerrojo mientras veía la vida pasar por aquel camino de tierra que tantas carreras y risas de niños había visto a lo largo de los años. Ya no quedaba nada de aquellos niños que aguantaban las solaneras implacables de julio, donde el sol achicharraba las ideas, y mientras los mayores dormían la siesta, ellos se iban de expedición por los bosques cercanos buscando moras y nuevas aventuras.
Decidió que después, daría un paseo. Las nubes no invitaban precisamente al optimismo, el cielo estaba gris y amenazaba lluvia. Pero no le importó. Conectar con la naturaleza le hacía sentirse libre, y nunca perdió la esencia que había heredado de su padre, cuando en su juventud, los dos se iban solos unos días y se pasaban las horas caminando por el monte en busca de setas y castañas. Lo que daría por volver a vivir, aunque solo fuera un rato, todo aquello.
Tras una ducha larga que dejó en su cuarto de baño una niebla más densa que la que había fuera, se puso ropa cómoda, se calzó unas botas, y cogió su bastón para echarse a la calle. Al llegar a la curva de la fuente, el ruido de un tractor en la lejanía le hizo girar y subir la cuesta que daba a la sierra.
Caminó un par de kilómetros perdida por caminos embarrados, con piedras que ni siquiera sabía los años que llevarían allí puestas, y que recordaba exactamente igual que cuando era niña. Pasó por el pinar, entre la hojarasca, y el olor a verde y a mojado que le encantaba. Atravesó la carretera general y siguió un poco más, hasta un enorme prado que se extendía frente a ella. Buscó su lugar, una vez más.
Y allí, con una pequeña capilla de fondo, construida de piedra, se erigían unas vistas privilegiadas de todo el valle que la había visto crecer, a donde tantas veces había ido a escuchar el silencio. Alguien había colgado dos cuerdas recias de un carballo enorme que presidía una sombra que en verano se agradecía, y una tabla hacía de asiento.
Cogió impulso, y de un salto se sentó en él, balanceándose con calma. No había atisbo alguno de sol, al contrario, el cielo cada vez estaba más negro y supo que no le daría tiempo a volver a casa sin que la alcanzara un chaparrón, pero le dio igual. Estuvo allí sola, en silencio, recordando y columpiándose, hasta que de repente su vista alcanzó a ver algo al pie de unos árboles. Había pasado casi una hora sin darse cuenta.
Bajó del columpio y se encaminó hacia allí. Una amanita muscaria, la seta roja por excelencia que sale en todos los libros y que parece la de los enanitos del bosque, parecía estar estratégicamente colocada allí para que alguien le sacara una foto. Y así lo hizo. Sacó su teléfono y la inmortalizó. A lo lejos, una nube dejaba descargar una cortina de lluvia que se acercaba, así que decidió que era el momento de volver sobre sus pasos.
Unos pocos metros más allá, al atravesar el pequeño pinar que era la antesala de la capilla, tres boletus enormes la esperaban. Sonrió, y tras sacar una bolsa que siempre llevaba en la chaqueta, las cortó y las guardó, se haría para comer un buen revuelto de hongos que le devolvería el alma al cuerpo.
El aguacero no se hizo esperar, y empezó a llover con ganas. Pero no hizo siquiera ademán de apretar el paso. Dejó que el agua fría cayera sobre ella, mientras los recuerdos volvían a agolparse en su cabeza. Los charcos se hacían más grandes, y las botas se iban enterrando más mientras emprendía el camino a casa.
Al coger la carretera de vuelta al pueblo, en una curva que dejaba una panorámica de las montañas, un arcoíris precioso, alimentado por un sol que ni siquiera sabía de dónde había salido, le dejó una estampa de postal que se detuvo a admirar a pesar de que el agua la había calado hasta los huesos.
Una vez más, lo supo. Sonrió, y la lluvia se mezcló con la sal de sus propias lágrimas, que le resbalaban por la cara.
"Siempre estaré ahí. Aunque tú no me puedas ver". Eso escuchó en su interior. Le había atribuido al arcoiris la propiedad del pensamiento de saber que cuando salía, su padre estaba ahí, diciéndole que estaba a su lado. Como había sucedido el primer fía que fueron al cementerio después de que muriera y con un aguacero igual al que le estaba cayendo encima, el sol salió sin previo aviso y le dejó ver un arcoiris. Desde entonces, cada vez que lo veía, sentía la protección del hombre que la había visto crecer y que le había enseñado todo, pero sobre todo su lección más valiosa: No te rindas nunca.
"Hola, papá" -dijo para sí -
Y siguió caminando por aquellos caminos sempiternos, en los que, en otros tiempos, habían servido de escenario a charlas de ancianos, recordando tiempos de otra época, y creyó ver, a lo lejos, una silueta que caminaba con las manos en los bolsillos.