martes, 28 de julio de 2026

MUROS

 "Te tengo al lado y pienso en todas las conversaciones por WhatsApp. 

 Pero esta vez no estás detrás de una pantalla. Estás ahí, a mi lado. Eres real. Si estiro el brazo puedo tocarte. 

  Estás mirando al mar, que ruge. Detrás de tus gafas de sol, el viento que estrella las olas contra las rocas hace que el pelo te baile como si estuviera bailando una canción. Y me quedo mirando. 

 Y pienso en la de veces que hablamos, la de cosas que nos contamos, en todas las cosas que coincidimos... y ahora, de repente, es como si no nos conociéramos de nada, como si nos diera vergüenza mirarnos a la cara. 

    No sé donde quedaron todos esos planes, pero tengo la irrefrenable sensación de que no nos atreveríamos siquiera a quedarnos a solas delante de un par de cañas en un bar. No sé por qué, no me lo preguntes, pero lo sé. En que todas esas conversaciones quizá se quedaron pegadas en la pantalla, pero en el fondo sé que no pasarán de ahí. Y no sé por qué, pero me da rabia

 No recuerdo haber conectado así con alguien. Ni siquiera con él. Y se supone que es la persona que mejor me conoce. O una de las que más me conoce. Sin filtros, sin caretas. Porque fueron demasiados años y quizá compartimos mucha más intimidad que muchas parejas que están toda la vida. No siempre con sexo. No nos hizo falta. Nos entendíamos con mirarnos. Y aunque en el fondo también sabía que no iba a ser para siempre -a pesar de que intenté convencerme muchas veces de que sí - lo quiera o no fue alguien que siempre será importante para mí. 

Tengo la extraña sensación de querer aprovechar el tiempo, y de que tú no. Y no sé que coño me pasa, pero vivo en una mezcla de sentimientos que no sé ni describirme a mí misma. En que quizá yo tenía ganas de verte, y tú a mí no. 

Y no sé, no dejo de preguntarme si fui yo, o si fuiste tú, pero hay una distancia inexplicable que de repente se hizo un muro que no soy capaz de atravesar. 

Tal vez sea mejor dejarlo así. En algo que nunca ocurrió y que vale más no empezar. Pero por otro lado pienso, y digo... cómo pasa la vida dejando de hacer cosas. Y qué pocas oportunidades se presentan. 

lunes, 11 de mayo de 2026

¿QUÉ SERÁ...?

"-No puedes negar que fue especial. Que fuimos especiales -sonrió - 

-No, no puedo. Pero eso se acabó. No vuelvas a lo mismo, por favor 

-Perdona, es que no puedo evitar pensar que.... -suspiró - No sé si nos equivocamos. Si pudimos solucionar algo que...  -intentó acabar - 

-Que no tenía solución. Lo sabemos -se volvió a enterrar en aquella mirada - Al principio me costó mucho asumir que la persona que creía que era mi alma gemela en realidad era eso, un espejismo que fue desapareciendo poco a poco. Y no te echo la culpa solo a ti -argumentó - Yo también me dejé llevar y no sé cómo, pero es algo que debería haber acabado hace mucho 

-Yo te quise. Mucho -aclaró-. Fuiste quién me hizo plantearme que todo era posible, que podía existir un futuro juntos... Joder, me veía dentro de veinte años y...  

-No sigas. Por favor -pidió - Eso ya no puede ser, y creo que nos engañamos. Cada uno queríamos una cosa y tarde o temprano hubiera acabado mal. Lo curioso es que no estoy tan angustiada como hubiera pensado, y no sé muy bien qué significa eso -pensó haciendo una pausa - 

-Dime la verdad, y sé sincera. ¿Me quisiste? -la miró - 

-Mucho. No sé como te atreves a preguntarme eso -se dolió - Quizá nosotros no éramos de estar todo el día con "te quieros", o con iconos de corazones, pero sabes que para mí el amor siempre se demostró de otra manera. Siempre serás especial para mí y lo sabes, pero también hay que ser honesto con uno mismo y saber que... no sé. Que no pudo ser, sin más. 

-¿Hay alguien, no? -se dio cuenta de que algo extraño había en ella, ya no era la misma -. Tienes un brillo en la mirada que... -dijo con temor cierto a que otra persona ocupara el lugar que tantos años había sido suyo - 

-¿Y si lo hubiera, qué? No tengo que dar explicaciones absolutamente a nadie -sentenció - 

-No me malinterpretes. No lo digo a mal, al revés. Espero que de verdad haya alguien -dijo con sinceridad - Alguien que de verdad te haga sentir todo eso que echaste en falta conmigo. Alguien que te despierte esa sonrisa y te haga temblar de pies a cabeza. Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera, te lo digo totalmente en serio... 

-Yo... -titubeó - 

-No digas nada. Siempre vas a poder contar conmigo. Y que nunca más vuelvas a perder ese brillo -la miró sonriendo - De verdad que me alegro por ti -le cogió el brazo con cariño - 

-Fui feliz. Aunque no te lo creas y pienses que no tengo buenos recuerdos, no es así. Fuimos muy felices, los dos. Y siento que acabara así pero sabes que nunca me gustó perder el tiempo. El error fue dejar que nos convirtiéramos en compañeros de piso, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo. No es culpa de nadie pero creo que es justo que cada uno intente rehacer su vida, y también te deseo a ti que aparezca esa alma gemela que buscas, está claro que no soy yo -contestó - 

-Creo que necesitábamos tener esta conversación -dijo - Zanjar de una vez por todas, hablar claro. Ojalá lo hubiéramos hecho antes 

-Nunca es tarde. Y que sepas que siempre estaré aquí para lo que necesites, como amiga. 

-Hasta pronto... -se despidió sabiendo que tardarían mucho en verse y que quizá cuando volvieran a hacerlo ella caminara con alguien al lado que le revolviera las entrañas - 

-Adiós... -dijo ella con la misma sensación - 

Los dos siguieron caminando, en direcciones opuestas. Él supo que había terminado. Ella ya lo sabía hacía mucho. Pero en una cosa tenía razón: había alguien. 

Alguien que le quitaba el sueño por las noches. 
Alguien a quién echaba de menos si pasaba un día sin hablar. 
Alguien que le provocaba sonrisas al leer un mensaje. 
Alguien que había aparecido de repente, de manera inesperada, que ocupaba su pensamiento día y noche. 
Alguien que no era él. 
Alguien que le hacía sentir todo lo que no sentía desde hacía mucho tiempo. 
Alguien que le hacía hervir la sangre. 
Alguien que le hacía recordar todo lo olvidado. 

Sí. No podía ni quería seguir negándoselo. La vida era demasiado corta como para dejar que lo único -o de lo único - bonito que tiene, pase por nosotros sin pena de gloria. 

Y entonces sonó aquel fragmento de canción que tantas veces había escuchado, al abrir la puerta de la tienda a la que se disponía a entrar. Y sonrió. Y se propuso que ese gesto fuera imborrable. 

 ... "Qué será lo que nos hace eternos... y además, da sentido a la vida? " . 


martes, 7 de abril de 2026

LLEGAR A PUERTO

 Últimamente no paro de preguntarme si he dejado pasar todas las oportunidades que merecieron la pena en mi vida. 

    Llegas a un punto en que te replanteas continuamente si lo que hiciste a lo largo de los años es lo correcto o no. Si lo hiciste bien o mal, o si podía haber sido de otra manera. Supongo que si en un momento concreto decides hacer algo es porque pensaste que era lo mejor. Ahora ya es algo que no se puede cambiar. 

    Creo que intenté hacer siempre lo que creía que se debía hacer. Lo que estaba bien, o lo que se esperaba que fuera lo mejor, lo correcto. Seguir siempre unos patrones que venían marcados, un camino, una opción que no podía ser puesta en duda. 

    No sé si lo hice bien o no. No sé si podía haber cambiado alguna cosa, seguro que sí. Probablemente me equivoqué muchas veces -y las que me quedarán - pero si algo aprendí todos estos años, de todo lo malo que el destino quiso enviar, es que ya no merece la pena dar vueltas a cosas que ya no se pueden cambiar. Que solamente podemos trabajar para cambiar el presente, el hoy, y el futuro, aunque ni siquiera eso dependa de nosotros y sea lo más efímero que podamos enfrentar. 

    En días en que la vida te hace ver -y sentir - que eres vulnerable, mortal... que solo dependen de ti cuatro cosas que puedes controlar, te das cuenta de que solamente somos una gota en medio de un océano y que a veces no queda más que dejarte llevar por las olas y esperar llegar al mejor puerto posible. O llegar a puerto, sin más. 

    Leía el otro día en un monumento a los pescadores, una frase que deberíamos aplicarnos más a menudo, y que me encantó. "Que después de la faena, regreséis a buen puerto". Da igual cuál sea la faena, da igual a qué se refiera. Puede ser aplicado al trabajo, al amor, a la amistad, a cualquier cosa. 

Pero lo importante siempre será no perder el norte de vista y ser capaz de regresar a él. 

    

lunes, 9 de marzo de 2026

LA VIDA EN UN SEGUNDO

 Tiene que pasar algo malo para que nos demos cuenta de lo afortunados que somos. De que ahora lo tenemos todo y al minuto siguiente no. 

La sensación indescriptible de que se tambalee el mundo. De que, de repente, todo lo que conoces se dé la vuelta y ya nada sea como antes. Cuando el antes era hace apenas diez minutos. 

Y todo pasa a un segundo plano. Absolutamente todo. La familia, los amigos, el trabajo, los planes, las ilusiones. Es como si de pronto te pegaran los pies al techo y caminaras boca abajo. Como si te soltaran sin ningún aviso en un mundo completamente desconocido. 

El miedo. El puto miedo. El no saber qué te espera, qué va a pasar. La sensación de sentirte vulnerable, perdido. Como un niño en medio de un bosque en una noche oscura. 

Pensamos que podemos con todo, que todas las cosas que vivimos en el día a día están bajo nuestro control. Qué equivocados estamos. Y lo peor es que tiene que pasar algo así, a nosotros, o a alguien que queremos, para ser conscientes de que la vida no la dirigimos nosotros, nos la dirige el destino. El que a veces se empeña en acabar la partida cuando estamos en la mejor parte. 

Ojalá supiéramos cuando va a llegar el fin de la partida. Ojalá supiéramos cuál va a ser la última vez que vamos a hacer las cosas. A ver la luz del sol por la mañana, a dar un paseo por la orilla del mar, a reírnos con un amigo de toda la vida, a saborear una taza de buen café, a decirle a alguien "te quiero". 

Ni siquiera sé si yo querría saberlo. Por un lado, quizá sí, por si puedo no dejar cabos sueltos pendientes, pero por otra, pienso que todo quedaría allí. No sé si podría con la sensación de que el reloj va en contra y que cada día puede ser el último. 

Cuando la realidad golpea, nos hace ser conscientes de que somos mortales, aunque siempre lo hayamos sabido. Solo que la manera de hacerlo, es brusca, implacable, radical. No encontramos palabras, porque no las hay. 

Y por eso, hoy tampoco las encuentro. A pesar de que nunca lo perdamos de vista, nunca estamos preparados para aceptar que la partida se acaba. Nunca estamos preparados para decir adiós. Para sufrir una pérdida. Para aprender a vivir de nuevo. Porque no sigues viviendo, sigues sobreviviendo. El tiempo no cura la herida, solamente aprendes que hay que seguir adelante con el vacío, con la idea de no volver a ver a esa persona. 


domingo, 14 de diciembre de 2025

     "La niebla había bajado a primera hora de la noche, y el ambiente se había tornado frío y húmedo. 

      Una pequeña capa de escarcha cubría los prados mientras un halo de nubes casi transparentes imprimía una imagen de letargo, que invitaba a meterse debajo de una manta viendo el fuego tras la chimenea. El invierno siempre le había gustado, y aquellos días, eran su forma preferida de perder el tiempo pensando en nada viendo las horas pasar. 

    El reloj había ido marcando los minutos sin que fuera capaz de dormir en toda la noche, y el agotamiento se reflejaba en su cara con un color parduzco debajo de los ojos, que miraban tristes. Se puso por encima del pijama una chaqueta de lana gorda, heredada de su abuela. La había tejido hacía muchos años, con aquellos dedos encorvados, ajados por el paso inexorable del tiempo, y a pesar de que tenía varias décadas, se conservaba perfectamente. La guardaba como oro en paño, porque al ponérsela los recuerdos de tiempos felices la inundaban y la hacían sonreír inconscientemente. 

    Fue a la cocina, cogió una taza y se sirvió un poco de café recién hecho, de la cafetera que, con ella, había dado de desayunar a cuatro generaciones. El olor de aquel oro líquido color marrón le hacía sentirse en casa y no había nada que le gustase más por las mañanas. Se volvió sobre sus pasos, y abrió la puerta. El viento húmedo le dio en la cara, y miró a lo lejos. Parecía que el pueblo aún se despertaba entre la bruma, y alguna chimenea dejaba entrever que alguien había madrugado más. 

    Miró a las paredes derruidas de la casa de enfrente, que apenas se mantenía en pie, y a la que el tejado había decidido venirse abajo de la misma manera que ella había hecho alguna vez. La diferencia es que él no podría reconstruirse solo. Sonrió recordando sus años de infancia, cuando un ángel de alas invisibles y pelo cano se asomaba a la ventana tras apartar una sempiterna vara de avellano que hacía las veces de cerrojo mientras veía la vida pasar por aquel camino de tierra que tantas carreras y risas de niños había visto a lo largo de los años. Ya no quedaba nada de aquellos niños que aguantaban las solaneras implacables de julio, donde el sol achicharraba las ideas, y mientras los mayores dormían la siesta, ellos se iban de expedición por los bosques cercanos buscando moras y nuevas aventuras. 

    Decidió que después, daría un paseo. Las nubes no invitaban precisamente al optimismo, el cielo estaba gris y amenazaba lluvia. Pero no le importó. Conectar con la naturaleza le hacía sentirse libre, y nunca perdió la esencia que había heredado de su padre, cuando en su juventud, los dos se iban solos unos días y se pasaban las horas caminando por el monte en busca de setas y castañas. Lo que daría por volver a vivir, aunque solo fuera un rato, todo aquello. 

    Tras una ducha larga que dejó en su cuarto de baño una niebla más densa que la que había fuera, se puso ropa cómoda, se calzó unas botas, y cogió su bastón para echarse a la calle. Al llegar a la curva de la fuente, el ruido de un tractor en la lejanía le hizo girar y subir la cuesta que daba a la sierra. 

    Caminó un par de kilómetros perdida por caminos embarrados, con piedras que ni siquiera sabía los años que llevarían allí puestas, y que recordaba exactamente igual que cuando era niña. Pasó por el pinar, entre la hojarasca, y el olor a verde y a mojado que le encantaba. Atravesó la carretera general y siguió un poco más, hasta un enorme prado que se extendía frente a ella. Buscó su lugar, una vez más. 

Y allí, con una pequeña capilla de fondo, construida de piedra, se erigían unas vistas privilegiadas de todo el valle que la había visto crecer, a donde tantas veces había ido a escuchar el silencio. Alguien había colgado dos cuerdas recias de un carballo enorme que presidía una sombra que en verano se agradecía, y una tabla hacía de asiento. 

    Cogió impulso, y de un salto se sentó en él, balanceándose con calma. No había atisbo alguno de sol, al contrario, el cielo cada vez estaba más negro y supo que no le daría tiempo a volver a casa sin que la alcanzara un chaparrón, pero le dio igual. Estuvo allí sola, en silencio, recordando y columpiándose, hasta que de repente su vista alcanzó a ver algo al pie de unos árboles. Había pasado casi una hora sin darse cuenta. 

    Bajó del columpio y se encaminó hacia allí. Una amanita muscaria, la seta roja por excelencia que sale en todos los libros y que parece la de los enanitos del bosque, parecía estar estratégicamente colocada allí para que alguien le sacara una foto. Y así lo hizo. Sacó su teléfono y la inmortalizó. A lo lejos, una nube dejaba descargar una cortina de lluvia que se acercaba, así que decidió que era el momento de volver sobre sus pasos. 

    Unos pocos metros más allá, al atravesar el pequeño pinar que era la antesala de la capilla, tres boletus enormes la esperaban. Sonrió, y tras sacar una bolsa que siempre llevaba en la chaqueta, las cortó y las guardó, se haría para comer un buen revuelto de hongos que le devolvería el alma al cuerpo. 

    El aguacero no se hizo esperar, y empezó a llover con ganas. Pero no hizo siquiera ademán de apretar el paso. Dejó que el agua fría cayera sobre ella, mientras los recuerdos volvían a agolparse en su cabeza. Los charcos se hacían más grandes, y las botas se iban enterrando más mientras emprendía el camino a casa. 

    Al coger la carretera de vuelta al pueblo, en una curva que dejaba una panorámica de las montañas, un arcoíris precioso, alimentado por un sol que ni siquiera sabía de dónde había salido, le dejó una estampa de postal que se detuvo a admirar a pesar de que el agua la había calado hasta los huesos. 

    Una vez más, lo supo. Sonrió, y la lluvia se mezcló con la sal de sus propias lágrimas, que le resbalaban por la cara. 

    "Siempre estaré ahí. Aunque tú no me puedas ver". Eso escuchó en su interior. Le había atribuido al arcoiris la propiedad del pensamiento de saber que cuando salía, su padre estaba ahí, diciéndole que estaba a su lado. Como había sucedido el primer fía que fueron al cementerio después de que muriera y con un aguacero igual al que le estaba cayendo encima, el sol salió sin previo aviso y le dejó ver un arcoiris. Desde entonces, cada vez que lo veía, sentía la protección del hombre que la había visto crecer y que le había enseñado todo, pero sobre todo su lección más valiosa: No te rindas nunca. 

    "Hola, papá" -dijo para sí - 

    Y siguió caminando por aquellos caminos sempiternos, en los que, en otros tiempos, habían servido de escenario a charlas de ancianos, recordando tiempos de otra época, y creyó ver, a lo lejos, una silueta que caminaba con las manos en los bolsillos. 


jueves, 12 de junio de 2025

 El descanso, por fin. 

Es algo que llevábamos esperando mucho tiempo. Una fortaleza de otra galaxia que no entendíamos ni de dónde venía te hizo llevar las fuerzas al extremo. El aviso llegó varias veces, pero nunca se cumplía. A veces, llegamos a pensar que eras inmortal. Poco te faltó. 

Aunque suene egoísta, si el final hubiera llegado hace unos años, tampoco hubiera pasado nada. Creo que llega un momento en la vida de una persona en que el camino se acaba y al menos deberíamos ser capaces de poder elegir el momento de irnos, con dignidad. Y más, en una enfermedad. Ser dueños de nuestra vida, pero sobre todo, de nuestra muerte. De cuándo, y de como. Esa es la libertad más importante. 

Te fuiste en silencio. Sin hacer un ruido. Creo que no pilló a nadie de sorpresa, aunque en realidad, nunca se está preparado para decir adiós. En un sentimiento extraño que me lleva acompañando desde ayer, por un lado la pena de que te hayas ido, pero por otro, la tranquilidad de saber que ya descansas. No puedo decir que dejaste de sufrir, porque nunca lo hiciste. Hasta para eso, hubo suerte. 

Disfrutaste una vida plena, con hijos, con nietos, con biznietos... casi 101 años de existencia que seguramente vio toda clase de cosas, y otras muchas que pasaron y de las que ya no te enteraste, porque habías ido abandonando este mundo aunque tu cuerpo siguiera aquí. Pero solo era eso, el envoltorio. Tú te fuiste hace ya muchos años. 

Justamente, el día antes, habíamos estado hablando de ti. Como si fuera una especie de premonición. Como si algo dentro... no sé explicarlo. Nos acordamos de las cosas que nos cocinabas de pequeños, de la disposición que tenías siempre para la cocina, de que nunca nada te dio pereza. Recordé el olor de aquellas empanadas que llegaba a la calle y que eran famosas en el barrio. Las caminatas que llegaste a darte desde tu casa a la mía con sopa porque sabías que me encantaba. Los frixuelos. Las tortillas. 

Queramos o no, eras un pilar que unía, y que hoy, desaparece. Físicamente, eso sí. Porque siempre te llevaremos con nosotros en los recuerdos que tú fuiste perdiendo poco a poco. 

Abuela, por fin descansas. Y me alegro. Porque si estuvieras bien seguro que tú misma dirías que vivir así, no es vivir. Y todos lo veíamos, aunque hoy nos duela no volver a verte. Pero ya estás con el abuelo, y con toda la gente que quisiste y con los que ya podrás estar charlando en el cielo. La vida fue generosa contigo, te dio una vida larga, apacible y sin sobresaltos, hasta el último segundo, donde ni siquiera lo pasaste mal ni la angustia dejó que esos últimos momentos se convirtieran en un recuerdo áspero que nos dejara algún cargo. Nos queda la satisfacción de que han sido muchos, muchos años, y que te fuiste cómo tu querías. 

Deseo que ahora que vives en las estrellas, hayas encontrado todos los recuerdos que perdiste en este mundo, y volvieras a recuperar aquella vitalidad que tenías y recuperes las ganas de caminarte el cielo entero. Dile a papá que lo quiero, y que lo echo de menos cada día. Que no se preocupe, que estamos bien. Pero que no permita lo que él y yo hablamos a veces. Él sabrá a qué me refiero. 

Curiosamente, ayer cuando llegué al tanatorio, una tormenta dejó resonar truenos un buen rato y un chaparrón tremendo ayudó a sofocar un bochorno que se hacía irrespirable. Era el principio de otro nuevo libro para ti.  

Y ahora mismo, mientras te escribo esto, ha empezado a llover. Y ya sabes el significado que tiene para mí la lluvia. 

El cielo está de fiesta. Te están dando la bienvenida. Te queremos Yeya. Nos vemos en las estrellas. 

martes, 6 de mayo de 2025

EL SOL EN LA CARA

 El primer día de sol es como una especie de pistoletazo de salida a algo distinto, nuevo. Es como si dijéramos, el principio del verano. 

Pocos placeres mejores le encuentro a la vida que el primer día de buen tiempo, caminando por la orilla de la playa, mojando los pies y sentir el viento en la cara. 

La arena que baila como una serpiente entre las dunas y que golpea las piernas pegándose a las gotas de mar. El tacto del salitre en la piel, el olor a mar, el efecto hipnótico de las olas rompiéndote en los pies. 

Ayer fue uno de esos días en los que esa hora y media caminando me supo a gloria. La sensación de calma. Ir escuchando música con el ruido del mar de fondo. 

Siempre pensé que el mar tiene un poder terapéutico. Que cuando las olas rompen con fuerza en las rocas tienen el poder de deshacer todo lo malo que hay sobre ellas y llevárselo lejos. Hace tiempo le atribuí a la lluvia esa especie de poder mágico, por eso me encanta. 

Creo que una de las cosas que más me gusta en el mundo es sentarme al lado de la cocina de leña de la casa del pueblo y escuchar llover sobre el tejado mientras los troncos ardiendo chisporrotean. Y salir al porche, incluso mojándome, y sentir la mezcla del olor de la leña con el de la tierra mojada. 

Si me preguntaran alguna vez por algún pequeño placer de la vida, sin duda uno sería ese. Algo parecido a cuando hay una tormenta después de un día de calor de esos en que se achicharran hasta las ideas, y de repente un chaparrón suelta toda la rabia sin contemplación sobre la tierra. El vaho que sale, esa sensación de humedad sana. Ojalá pudiera embotellarlo y guardarlo para abrirlo en esos días de mierda en que no le encuentras sentido a nada. 

Y ojalá la vida tuviera un poder semejante para llevarse todo lo malo mar adentro. Para llevarse la rabia que provoca una mala jugada de alguien a quien quieres. El dolor de un desengaño. La pena que deja alguien que se va a vivir a las estrellas. Ojalá. 

Pero al final, siempre nos quedarán los paseos por la orilla del mar. El sabor a salitre en los labios. La fuerza de las olas golpeando las piedras, y la arena rebozada en los pies. 

Por mucho que sintamos que una ola gigantesca nos atrapa y no nos deja salir... siempre nos quedará eso. 

La capacidad de que nunca es demasiado tarde para que otro día más, podamos seguir sintiendo el sol en la cara. 

MUROS

 "Te tengo al lado y pienso en todas las conversaciones por WhatsApp.   Pero esta vez no estás detrás de una pantalla. Estás ahí, a mi ...