domingo, 14 de diciembre de 2025

     "La niebla había bajado a primera hora de la noche, y el ambiente se había tornado frío y húmedo. 

      Una pequeña capa de escarcha cubría los prados mientras un halo de nubes casi transparentes imprimía una imagen de letargo, que invitaba a meterse debajo de una manta viendo el fuego tras la chimenea. El invierno siempre le había gustado, y aquellos días, eran su forma preferida de perder el tiempo pensando en nada viendo las horas pasar. 

    El reloj había ido marcando los minutos sin que fuera capaz de dormir en toda la noche, y el agotamiento se reflejaba en su cara con un color parduzco debajo de los ojos, que miraban tristes. Se puso por encima del pijama una chaqueta de lana gorda, heredada de su abuela. La había tejido hacía muchos años, con aquellos dedos encorvados, ajados por el paso inexorable del tiempo, y a pesar de que tenía varias décadas, se conservaba perfectamente. La guardaba como oro en paño, porque al ponérsela los recuerdos de tiempos felices la inundaban y la hacían sonreír inconscientemente. 

    Fue a la cocina, cogió una taza y se sirvió un poco de café recién hecho, de la cafetera que, con ella, había dado de desayunar a cuatro generaciones. El olor de aquel oro líquido color marrón le hacía sentirse en casa y no había nada que le gustase más por las mañanas. Se volvió sobre sus pasos, y abrió la puerta. El viento húmedo le dio en la cara, y miró a lo lejos. Parecía que el pueblo aún se despertaba entre la bruma, y alguna chimenea dejaba entrever que alguien había madrugado más. 

    Miró a las paredes derruidas de la casa de enfrente, que apenas se mantenía en pie, y a la que el tejado había decidido venirse abajo de la misma manera que ella había hecho alguna vez. La diferencia es que él no podría reconstruirse solo. Sonrió recordando sus años de infancia, cuando un ángel de alas invisibles y pelo cano se asomaba a la ventana tras apartar una sempiterna vara de avellano que hacía las veces de cerrojo mientras veía la vida pasar por aquel camino de tierra que tantas carreras y risas de niños había visto a lo largo de los años. Ya no quedaba nada de aquellos niños que aguantaban las solaneras implacables de julio, donde el sol achicharraba las ideas, y mientras los mayores dormían la siesta, ellos se iban de expedición por los bosques cercanos buscando moras y nuevas aventuras. 

    Decidió que después, daría un paseo. Las nubes no invitaban precisamente al optimismo, el cielo estaba gris y amenazaba lluvia. Pero no le importó. Conectar con la naturaleza le hacía sentirse libre, y nunca perdió la esencia que había heredado de su padre, cuando en su juventud, los dos se iban solos unos días y se pasaban las horas caminando por el monte en busca de setas y castañas. Lo que daría por volver a vivir, aunque solo fuera un rato, todo aquello. 

    Tras una ducha larga que dejó en su cuarto de baño una niebla más densa que la que había fuera, se puso ropa cómoda, se calzó unas botas, y cogió su bastón para echarse a la calle. Al llegar a la curva de la fuente, el ruido de un tractor en la lejanía le hizo girar y subir la cuesta que daba a la sierra. 

    Caminó un par de kilómetros perdida por caminos embarrados, con piedras que ni siquiera sabía los años que llevarían allí puestas, y que recordaba exactamente igual que cuando era niña. Pasó por el pinar, entre la hojarasca, y el olor a verde y a mojado que le encantaba. Atravesó la carretera general y siguió un poco más, hasta un enorme prado que se extendía frente a ella. Buscó su lugar, una vez más. 

Y allí, con una pequeña capilla de fondo, construida de piedra, se erigían unas vistas privilegiadas de todo el valle que la había visto crecer, a donde tantas veces había ido a escuchar el silencio. Alguien había colgado dos cuerdas recias de un carballo enorme que presidía una sombra que en verano se agradecía, y una tabla hacía de asiento. 

    Cogió impulso, y de un salto se sentó en él, balanceándose con calma. No había atisbo alguno de sol, al contrario, el cielo cada vez estaba más negro y supo que no le daría tiempo a volver a casa sin que la alcanzara un chaparrón, pero le dio igual. Estuvo allí sola, en silencio, recordando y columpiándose, hasta que de repente su vista alcanzó a ver algo al pie de unos árboles. Había pasado casi una hora sin darse cuenta. 

    Bajó del columpio y se encaminó hacia allí. Una amanita muscaria, la seta roja por excelencia que sale en todos los libros y que parece la de los enanitos del bosque, parecía estar estratégicamente colocada allí para que alguien le sacara una foto. Y así lo hizo. Sacó su teléfono y la inmortalizó. A lo lejos, una nube dejaba descargar una cortina de lluvia que se acercaba, así que decidió que era el momento de volver sobre sus pasos. 

    Unos pocos metros más allá, al atravesar el pequeño pinar que era la antesala de la capilla, tres boletus enormes la esperaban. Sonrió, y tras sacar una bolsa que siempre llevaba en la chaqueta, las cortó y las guardó, se haría para comer un buen revuelto de hongos que le devolvería el alma al cuerpo. 

    El aguacero no se hizo esperar, y empezó a llover con ganas. Pero no hizo siquiera ademán de apretar el paso. Dejó que el agua fría cayera sobre ella, mientras los recuerdos volvían a agolparse en su cabeza. Los charcos se hacían más grandes, y las botas se iban enterrando más mientras emprendía el camino a casa. 

    Al coger la carretera de vuelta al pueblo, en una curva que dejaba una panorámica de las montañas, un arcoíris precioso, alimentado por un sol que ni siquiera sabía de dónde había salido, le dejó una estampa de postal que se detuvo a admirar a pesar de que el agua la había calado hasta los huesos. 

    Una vez más, lo supo. Sonrió, y la lluvia se mezcló con la sal de sus propias lágrimas, que le resbalaban por la cara. 

    "Siempre estaré ahí. Aunque tú no me puedas ver". Eso escuchó en su interior. Le había atribuido al arcoiris la propiedad del pensamiento de saber que cuando salía, su padre estaba ahí, diciéndole que estaba a su lado. Como había sucedido el primer fía que fueron al cementerio después de que muriera y con un aguacero igual al que le estaba cayendo encima, el sol salió sin previo aviso y le dejó ver un arcoiris. Desde entonces, cada vez que lo veía, sentía la protección del hombre que la había visto crecer y que le había enseñado todo, pero sobre todo su lección más valiosa: No te rindas nunca. 

    "Hola, papá" -dijo para sí - 

    Y siguió caminando por aquellos caminos sempiternos, en los que, en otros tiempos, habían servido de escenario a charlas de ancianos, recordando tiempos de otra época, y creyó ver, a lo lejos, una silueta que caminaba con las manos en los bolsillos. 


jueves, 12 de junio de 2025

 El descanso, por fin. 

Es algo que llevábamos esperando mucho tiempo. Una fortaleza de otra galaxia que no entendíamos ni de dónde venía te hizo llevar las fuerzas al extremo. El aviso llegó varias veces, pero nunca se cumplía. A veces, llegamos a pensar que eras inmortal. Poco te faltó. 

Aunque suene egoísta, si el final hubiera llegado hace unos años, tampoco hubiera pasado nada. Creo que llega un momento en la vida de una persona en que el camino se acaba y al menos deberíamos ser capaces de poder elegir el momento de irnos, con dignidad. Y más, en una enfermedad. Ser dueños de nuestra vida, pero sobre todo, de nuestra muerte. De cuándo, y de como. Esa es la libertad más importante. 

Te fuiste en silencio. Sin hacer un ruido. Creo que no pilló a nadie de sorpresa, aunque en realidad, nunca se está preparado para decir adiós. En un sentimiento extraño que me lleva acompañando desde ayer, por un lado la pena de que te hayas ido, pero por otro, la tranquilidad de saber que ya descansas. No puedo decir que dejaste de sufrir, porque nunca lo hiciste. Hasta para eso, hubo suerte. 

Disfrutaste una vida plena, con hijos, con nietos, con biznietos... casi 101 años de existencia que seguramente vio toda clase de cosas, y otras muchas que pasaron y de las que ya no te enteraste, porque habías ido abandonando este mundo aunque tu cuerpo siguiera aquí. Pero solo era eso, el envoltorio. Tú te fuiste hace ya muchos años. 

Justamente, el día antes, habíamos estado hablando de ti. Como si fuera una especie de premonición. Como si algo dentro... no sé explicarlo. Nos acordamos de las cosas que nos cocinabas de pequeños, de la disposición que tenías siempre para la cocina, de que nunca nada te dio pereza. Recordé el olor de aquellas empanadas que llegaba a la calle y que eran famosas en el barrio. Las caminatas que llegaste a darte desde tu casa a la mía con sopa porque sabías que me encantaba. Los frixuelos. Las tortillas. 

Queramos o no, eras un pilar que unía, y que hoy, desaparece. Físicamente, eso sí. Porque siempre te llevaremos con nosotros en los recuerdos que tú fuiste perdiendo poco a poco. 

Abuela, por fin descansas. Y me alegro. Porque si estuvieras bien seguro que tú misma dirías que vivir así, no es vivir. Y todos lo veíamos, aunque hoy nos duela no volver a verte. Pero ya estás con el abuelo, y con toda la gente que quisiste y con los que ya podrás estar charlando en el cielo. La vida fue generosa contigo, te dio una vida larga, apacible y sin sobresaltos, hasta el último segundo, donde ni siquiera lo pasaste mal ni la angustia dejó que esos últimos momentos se convirtieran en un recuerdo áspero que nos dejara algún cargo. Nos queda la satisfacción de que han sido muchos, muchos años, y que te fuiste cómo tu querías. 

Deseo que ahora que vives en las estrellas, hayas encontrado todos los recuerdos que perdiste en este mundo, y volvieras a recuperar aquella vitalidad que tenías y recuperes las ganas de caminarte el cielo entero. Dile a papá que lo quiero, y que lo echo de menos cada día. Que no se preocupe, que estamos bien. Pero que no permita lo que él y yo hablamos a veces. Él sabrá a qué me refiero. 

Curiosamente, ayer cuando llegué al tanatorio, una tormenta dejó resonar truenos un buen rato y un chaparrón tremendo ayudó a sofocar un bochorno que se hacía irrespirable. Era el principio de otro nuevo libro para ti.  

Y ahora mismo, mientras te escribo esto, ha empezado a llover. Y ya sabes el significado que tiene para mí la lluvia. 

El cielo está de fiesta. Te están dando la bienvenida. Te queremos Yeya. Nos vemos en las estrellas. 

martes, 6 de mayo de 2025

EL SOL EN LA CARA

 El primer día de sol es como una especie de pistoletazo de salida a algo distinto, nuevo. Es como si dijéramos, el principio del verano. 

Pocos placeres mejores le encuentro a la vida que el primer día de buen tiempo, caminando por la orilla de la playa, mojando los pies y sentir el viento en la cara. 

La arena que baila como una serpiente entre las dunas y que golpea las piernas pegándose a las gotas de mar. El tacto del salitre en la piel, el olor a mar, el efecto hipnótico de las olas rompiéndote en los pies. 

Ayer fue uno de esos días en los que esa hora y media caminando me supo a gloria. La sensación de calma. Ir escuchando música con el ruido del mar de fondo. 

Siempre pensé que el mar tiene un poder terapéutico. Que cuando las olas rompen con fuerza en las rocas tienen el poder de deshacer todo lo malo que hay sobre ellas y llevárselo lejos. Hace tiempo le atribuí a la lluvia esa especie de poder mágico, por eso me encanta. 

Creo que una de las cosas que más me gusta en el mundo es sentarme al lado de la cocina de leña de la casa del pueblo y escuchar llover sobre el tejado mientras los troncos ardiendo chisporrotean. Y salir al porche, incluso mojándome, y sentir la mezcla del olor de la leña con el de la tierra mojada. 

Si me preguntaran alguna vez por algún pequeño placer de la vida, sin duda uno sería ese. Algo parecido a cuando hay una tormenta después de un día de calor de esos en que se achicharran hasta las ideas, y de repente un chaparrón suelta toda la rabia sin contemplación sobre la tierra. El vaho que sale, esa sensación de humedad sana. Ojalá pudiera embotellarlo y guardarlo para abrirlo en esos días de mierda en que no le encuentras sentido a nada. 

Y ojalá la vida tuviera un poder semejante para llevarse todo lo malo mar adentro. Para llevarse la rabia que provoca una mala jugada de alguien a quien quieres. El dolor de un desengaño. La pena que deja alguien que se va a vivir a las estrellas. Ojalá. 

Pero al final, siempre nos quedarán los paseos por la orilla del mar. El sabor a salitre en los labios. La fuerza de las olas golpeando las piedras, y la arena rebozada en los pies. 

Por mucho que sintamos que una ola gigantesca nos atrapa y no nos deja salir... siempre nos quedará eso. 

La capacidad de que nunca es demasiado tarde para que otro día más, podamos seguir sintiendo el sol en la cara. 

jueves, 6 de marzo de 2025

POR SI TÚ VUELVES

 Cada vez que escucho esa letra de canción me acuerdo de ti. 

"y dejo una luz encendida en la casa, por si tu vuelves..." 

Supongo que nunca se deja de tener la esperanza de que algún día volvéis de las estrellas. De ese mundo al que os vais a vivir cuando dejáis la tierra y del que nadie vuelve. Siempre me pregunté si es porque se está tan bien que no merece la pena regresar a éste, o porque en verdad no se puede más que en sueños, porque sino seguro que tú hubieras vuelto a verme. 

Han pasado seis años, y nunca me podré acostumbrar a que no estés. Cuando hablo con gente que también perdió a alguien cercano tiene esa sensación así que imagino que es algo con lo que jamás te acostumbras a lidiar. A ser consciente de que ese alguien se ha ido para no volver. Y duele. Duele mucho. 

Daría algo por poder contarte ahora que por fin vuelvo a casa. A pesar de que llevamos aquí seis meses porque la vida se ha empeñado en traernos otra mano mala de cartas, es algo con lo que llevaba soñando desde que me fui, y para decirte verdad, no pensaba ni por asomo que fuera a ser este año. ¿Por qué precisamente ahora? 

Sabía que era imposible. Imposible hay pocas cosas, pero digamos que casi imposible. Unos días antes, algo dentro me hizo pedírtelo. Te pido que me ayudes en todas las cosas que me parecen imposibles, porque sé que si alguien puede hacer algo para que le viento me sople un poco a favor eres tú. Así que cogí la vela, la encendí, y te lo pedí. 

Egoístamente, lo pedí por mí. Ella ya no se entera. Creí que estando aquí, en su casa, y en su ambiente, la cosa iría más lenta y todavía tendríamos algo más de tiempo pero una vez más, me equivoqué. Sé que no hace falta que te cuente nada porque desde las estrellas ves que esto es imparable y que avanza, hagamos lo que hagamos. Y a pesar de todo puedo decir que todavía tuvimos suerte, porque hasta ahora tuvo casi dos años con una calidad de vida aceptable y pudo disfrutar de comidas, viajes y momentos bonitos. 

Durante todo este tiempo traté de que todos los recuerdos que pudiera almacenar, aunque fueran pocos, lo fueran felices. No sé si lo conseguí pero sé que al menos me quedo con la sensación de haberme dejado la piel en ello. No es fácil tomar decisiones, y ver como los caminos que puedes tomar cada vez son menos y las puertas se van cerrando para dar paso a lo inevitable. 

Tengo la teoría de que ella fue dejando este mundo cuando tú te fuiste. Es como si hubiera asumido que ya no sufres, que ya no tienes dolor, y que estás al lado de toda la gente que se fue antes que tú, pero nunca volvió a ser lo mismo. Se fue el compañero de su vida, y la persona con quién lo había compartido todo. Sé que si no estuviera yo hace tiempo que viviría contigo en las estrellas, es lo único que tengo claro en la vida. Que, aunque despacio, fue emprendiendo camino para volver a tu lado, lo que jamás pensé es que tuviera que ser tan doloroso. 

Esto ya no tiene ni pies ni cabeza, pero no tengo corazón para no compartir con ella los que tal vez estén siendo sus últimos meses de lucidez. Sé que llegará un momento en que lo mejor para las dos será dejarla en manos de gente que sepa cuidarla bien, y hasta el final, estaré ahí. Pero ha dejado de ser vida. La cuesta abajo empezó y solamente tenemos que esperar que las pocas facultades que le quedan vayan desapareciendo y llegue de una vez a esa dimensión donde ya nada importa antes de emprender el viaje. 

Solo le pido a la vida que no sufra. Sé que no se va a enterar, y estoy dispuesta a seguir sufriendo yo con tal de que ella no lo haga. Pasaré nuevamente por el duelo, aunque sé que no será comparable al tuyo. Porque esto ha sido tan intenso y duro que no puedo imaginar nada peor, aunque lo haya. 

Y por que, siendo sincera, ella nunca serás tu. Me siento fatal por decir esto, pero mentir a estas alturas no tiene sentido. Y ella siempre lo supo. Sabía que nos entendíamos solo con mirarnos y que éramos demasiado iguales. 

Hay capítulos que me gustaría borrar, pero eso por desgracia no puedo hacerlo. Qué curioso, ella borrará todo sin querer y yo que quiero no puedo. Ahora ya no merece la pena lamentarse por algo que nos hizo tanto daño, pero que por desgracia marcó nuestro futuro. Sobre todo el mío. Igual debería haber actuado de otra manera, pero qué más da ya. 

Ya no pido nada más papá. Solo te pido que ahora que ya no dependo de volver a irme fuera, me ayudes a que esto no se eternice. A que se vaya a vivir a ese mundo paralelo cuanto antes para que al menos no sea consciente de que una vez más, el tiempo nos juega en contra y que no hay más que hacer. Seguir el último camino y esperar que la última curva no esté lejos. Suena egoísta, pero es lo que siento. Sé que solo descansará y volverá a ser feliz cuando te vea, y entonces, solo entonces, recuperará la paz que aquí nunca volvió a encontrar por ningún sitio. 

Recordaré siempre aquella noche maldita donde la oscuridad se hizo, y que me aterrorizó tanto tiempo. En cómo entraste caminando una mañana soleada de marzo y saliste en una caja horas después en un día frío y lluvioso como pocos recuerdo. Ese momento, y esa maldita culpa me acompañará siempre. Siempre te lo dije, y sé que me escuchas, pero espero no haberme equivocado y no haberte hecho sufrir demasiado, pero no me quedaban más opciones. Y quiero pensar que de haber sido yo, tú hubieras hecho lo mismo. 

Me hubiera gustado poder verte aunque fueran dos minutos para saber si te enteraste de algo o no, porque no quise hacerte pasar por el trago de decirnos adiós. Aunque sé que lo sabías. Pero que sepas siempre, y por encima de todo, que fue la decisión más difícil que seguramente tomé y tomaré toda mi vida, y que solo lo hice para no verte sufrir más. Que fue mi manera de decirte sin palabras que fue el mayor acto de amor que pude hacer por la persona que más quería en el mundo. 

Espero que al menos, de vez en cuando sigas visitándome en sueños, porque es la única manera que tengo de seguir viendo aquella cara sin dolor, de cuando estabas bien. Porque también te veo en el arcoiris cuando sale y esos colores vivos se marcan en el cielo y me dices "sigue hija, que estoy contigo". 

Sigue a mi lado papá. Dame fuerzas para poder con esto y no rendirme, porque no me faltan ganas. Estoy cansada de pelear y me cuesta mirar adelante y pensar que todavía me espera algo positivo y bueno por vivir. Y por favor, no la dejes más tiempo del necesario. Ayúdala a volver a ser feliz, aunque eso implique que solamente yo me quede en esta cada, siendo feliz a mi manera y encontrando paz. 

Te quiero. 

martes, 21 de enero de 2025

ANDURIÑA

 Nos encantaba esa canción. 

Uno de los recuerdos más bonitos que puedo tener de cuando era niña, era ir en el coche contigo escuchando cassettes de Juan Pardo y cantando con la voz desafinada los dos alguna canción. Menos mal que no nos ganamos la vida con eso, sino nos moriríamos de hambre. 

"Anduriña" siempre nos encantó. Y no sé por qué fue concretamente esa, pero siempre que la escucho -confieso que tengo todavía parte de sus discos y en días nostálgicos alguna lágrima me acompaña mientras recuerdo otros tiempos - te veo conduciendo en el Vectra conmigo detrás cogida a los dos asientos y con la cabeza entre medias, cuando todavía entonces aquello de los cinturones de seguridad y las sillitas obligatorias era otra cosa. 

Ay papá, como te echo de menos. Otro cumpleaños separados y siento que llevo sin ti media vida, y por otro lado con la sensación de que todo fue ayer. No me acostumbro a que ya no estés. Se me sigue haciendo raro girar la cabeza mientras escribo esto, y ver que tu lado del sofá sigue vacío, a pesar de que hace seis años que ya no estás. 

Me gustaría contarte tantas cosas... poder desahogarme cuando lo hacía antes y que cuando las emociones me desbordaban me vieras llorar y me dijeras que no era para tanto, que todo en la vida tenía solución, y que si no lo tenía no merecía la pena preocuparse. 

Ayer hubieras cumplido 69 años. Pienso tantas veces en como sería nuestra vida si siguieras aquí que no sé ni qué decir. Quiero pensar que al menos desde donde estés me escuchas cuando miro al cielo y vea esa estrella enorme que se pone justo enfrente de la ventana y que parece estar colocada especialmente para mi. Cuando por las noches, todo me desborda y miro el cielo buscándote, preguntándote qué puedo hacer, aunque sé que estoy haciendo todo y que llega un momento en que ya no depende de mi. 

Sabes que nunca me resultó fácil tomar decisiones. Y menos si son importantes. Ni siquiera sé si estarías de acuerdo, aunque intente convencerme de que sí. Las opciones se van terminando y los caminos se cierran, van quedando solamente los únicos posibles y solo queda elegir uno. 

Te prometí que cuidaría de ella y espero que desde tu estrella sepas que si no hago más, o que si no lo hago mejor, es porque no sé. Lo único que me preocupa es que no sufra, aunque lo haga yo. Que los recuerdos la vayan abandonando poco a poco sin darse cuenta, y que se vaya a vivir a ese mundo paralelo de transición hasta que vuelva a tu lado, que creo que es lo que nunca superó. 

Siempre dice que quedo yo, pero desde que tú te fuiste no volvió a ser lo mismo. Supongo que el hecho de perder a la persona con la que has compartido toda tu vida tiene que ser algo devastador. Yo no lo sé. Solo sé que ella se quedó sin su marido pero yo me quedé sin padre, y también supo que tú para mí eras distinto. 

Gracias a ti aprendí a ser independiente, a vivir mi propia vida por encima de lo que dijeran los demás. Y creo que es lo más valioso que me pudiste enseñar. A buscarme mis castañas y no depender de nadie aunque sin perder nunca de vista a la gente que me importa. Si algo me enseñó la vida a estas alturas -echo la vista atrás y ya hace más de ocho años que la suerte empezó a cambiar, que son muchos - y a lo largo de todo este tiempo puedo decir que soy una persona completamente diferente. He aprendido a valorar lo que realmente vale la pena. Aprendí a decir te quiero, a mostrar mis sentimientos, y a tratar de enfrentar las cosas de una manera diferente. No sé si mejor o peor, pero distinta. 

Cuando te fuiste, saqué de mi vida a gente. Supongo que es inevitable llevarse decepciones porque no es lo mismo la percepción que tenemos nosotros mismos de algo, que la que tienen los demás. He llegado a salir días del hospital, viéndote consumirte, hecha una mierda, y buscando a personas que decían estar "siempre para todo" y posponer la llamada por motivos tan absurdos que desde entonces decidí contar lo justo y necesario y siempre que me preguntan como estoy, contestar "bien" sin más explicación. Sé que todo el mundo tiene su vida, pero entonces, no estás. Porque no fue solo una vez por parte de algunas personas. Curiosamente, cuando necesitaron algo volvieron. Pero ahí era yo cuando no estaba. Y me costó mucha terapia asumir que de bueno a tonto la línea es muy delgada y a veces hay que ser egoísta. Y reconozco que desde entonces, alguna vez he sido yo la que estaba tomando un café, paseando, o regando los cactus. 

No quiero que esta carta sea un reproche a nadie, precisamente porque ya todo eso quedó atrás. Y no solo lo comprobé una vez, sino que lo estoy volviendo a comprobar ahora, por segunda vez. De las mismas personas. Y como sé que nada va a cambiar he decidido seguir hasta donde yo quiero, y con la gente que yo quiero. El otro día sin ir más lejos volvió a pasar. Y para qué enfadarse o decir algo. No vale la pena. Escuchar "tengo ganas de verte", pero que cuando de pascuas a ramos intentas llamar y desahogar, curiosamente siempre hay algo más importante. Es ahí. Como resumen a todo lo que pueda decir o sentir. 

Sé que si ahora vivieras, estarías en el único sitio donde sigo siendo capaz de encontrar paz, y desconectar. Entre aquellos montes que vieron crecer a generaciones, escuchando historias de posguerra, amores, desamores, y lágrimas. Tengo claro que mis días acabarán allí porque es lo único que me ata a mis verdaderas raíces y donde viven los momentos que recuerdo como más felices de mi vida. Sé que si algo de una persona queda en este mundo cuando se va, tú estás allí. 

Todavía soy capaz de verte con la gorra, caminando con la mano en el bolsillo y la vara sempiterna que espera en el paragüero cada paseo desde hace décadas. En cómo no he tocado algunas cosas desde que te fuiste. Es mi manera de seguir reconociendo tu espacio y saber que sigues allí. Como lo sé cuando veo un arcoiris en el cielo como si estuviera pintado y sé que eres tú diciéndome "estoy aquí hija". 

La vida sería muy distinta. Yo tendría la mía y vosotros la vuestra. Quizá lo que estamos pasando ahora seguiría estando, quién sabe, pero de todas maneras ya no importa porque nunca vamos a poder comprobarlo. Pero me gusta pensar que ahora iría a visitaros allí, y que te encontraría con la cocina encendida y oliendo a casa. Porque eso no cambiará nunca. 

Ya sois más en las estrellas que los que quedamos aquí. Me parece mentira que eche la vista atrás y en tan poco tiempo pasáramos de ser cinco a solo dos. Y dos, que además, solamente una podrá mantener vivo aquel recuerdo y que cuando vaya, cada vez habrá más silencio. Que las paredes seguirán siendo testigos mudos del paso del tiempo y que seguramente los recuerdos construidos se terminarán en mí, porque cada vez hay más probabilidades de que la cafetera de la bisabuela no sirva café a una quinta generación. No es algo que me preocupe, asumí hace tiempo que todo pasa por algo, y aunque todavía quede tiempo, cada vez valoro más la tranquilidad. 

El día de mañana solamente quiero vivir papá. Con mayúsculas. Vivir tranquila todo el tiempo que pueda y que cuando me toque dejar de trabajar, retirarme allí, con el único ruido de los pájaros y la lluvia golpeando el tejado por la noche, con el chisporroteo de la leña en la cocina. 

Sé que estarás bien. Y también sé que desde las estrellas sonríes y me dices que siga siendo fuerte, que saldremos de esta. No saldremos, porque todo termina. Solo te pido que si de vosotros depende algo, no permitáis que esto se eternice y sufra. Que vuelva a tu lado porque sé que es lo que quiere, y es donde estaría hace mucho tiempo de no estar yo. 

Te quiero. 

miércoles, 2 de octubre de 2024

PALABRAS AL VIENTO (II)

 "Se despertó con el sol entrando tímidamente por la ventana. Había llovido a mares toda la noche. 

 Olía a café y oyó el sonido de tazas en la cocina. Era quizá su olor favorito. Cuando empezaba a hervir y un vaho transparente salía de la cafetera italiana que había heredado de su abuela. Le tenía un cariño enorme a aquella pieza que había visto ya desayunar a tres generaciones de su familia, era su pequeño tesoro. La posibilidad de tener un anclaje con el pasado y con los recuerdos que le hacían sonreír pensando que quizá no todo tiempo pasado siempre fue mejor.

Decidió quedarse un par de minutos en la cama. Recordó cuando llegaron a casa. Con toda el agua que el cielo descargaba encima, tiritando pero con una sonrisa de oreja a oreja. Se habían quedando trabajando hasta tarde y después de cenar comida china que les habían traído del restaurante de abajo, se quedaron charlando cuando ya todo quedó terminado. 

Había deseado tanto ese momento que creyó que no llegaría nunca. Habían compartido todo. O casi. Cada uno de sus momentos buenos, y con mayor razón, los malos. Podrían ser almas gemelas que se entendían solo con mirarse. Que sabían lo que pensaban solamente con mirarse a los ojos. Tal vez el paso de los meses -y los años - les había ayudado en convertirse en la persona... En su persona. En ese alguien con quien puedes compartir todo lo que la vida se va empeñando en traer. 

Y de camino a casa, la tormenta que había anunciado un calor sofocante que casi no dejaba pensar descargó con tanta fuerza que los paraguas no soportaron el viento que se llevó de golpe todas las dudas. Se echaron a reír como adolescentes, se cogieron de la mano y dejaron que la lluvia llenase las calles y sus cuerpos de un agua que borró cualquier mal sentimiento. 

Y de repente ocurrió. Cuando llegaron al portal, las miradas dejaron paso al silencio y los labios se unieron sin necesidad de hablar. Con las manos empapadas y la ropa calada de agua entraron a trompicones en el edificio y tras subir los escalones de dos en dos llegaron a casa donde las pieles se erizaron y las caricias descubrieron un amor latente que se había desbordado como una presa que se abre de golpe ante una avenida. 

La noche pasó entre rayos, truenos, y confidencias. Desearon con todas sus fuerzas que el amanecer no llegara, por si todo era un sueño y al despertar nada de lo que había pasado hubiera existido. 

Y entonces, abrió los ojos. Los había cerrado para recordar cada detalle, cada palabra. Cada roce entre las sábanas revueltas y enredadas que habían sigo testigos mudos de algo que no sabían si acababa de empezar, o solamente quedaría en flor de un día. 

Pero entonces unos pies descalzos resonaron en el suelo. Y por el marco de la puerta, apareció. Con los ojos sonriendo a punto de soltar estrellas fugaces y el pelo revuelto por las secuelas de la tormenta, y sobre todo, de la noche. 

Se sentó a su lado, posó la bandeja en sus piernas y mientras cogía una de las tazas humeantes para darle un sorbo al oro negro líquido que acababa de preparar, se miraron. 

Llegaba el momento. 

Sí o no. 

Decidir si todo había sido fruto de una noche y seguir cada quién por su lado, o el pistoletazo de salida a algo que ni siquiera sabían como describir. 

Entonces, el silencio se rompió tras un trago de café. 

-¿Y mañana, qué? -

-Mañana... -soltó aire como si eso pudiera hacerle entender qué es lo que realmente quería, aunque su interior lo estuviera gritando a los cuatro vientos - Mañana yo que sé -y la sonrisa involuntaria que se le dibujó en la cara impidió que hiciera falta decir más - 

martes, 24 de septiembre de 2024

ILUSIONES.... Y DECEPCIONES

 Pensamos que conocemos a la gente que nos rodea. 

Siempre tendemos a creer que si nos pasa algo malo estarán a nuestro lado, y si nos pasa algo bueno compartirán nuestra alegría. 

El problema es que lo que esperamos, no siempre coincide con la realidad. Y todas las expectativas que ponemos en la reacción de alguien cuando nos ocurre algo puede caerse como un castillo de naipes. 

"El corazón tiene razones, que la razón no entiende" -decía Blaise Pascal - O dicho de otra manera, lo que nosotros sentimos no siempre tiene que coincidir con lo que sientan o piensen los demás, y de ahí viene todo. A veces pensamos que lo que dibujamos en nuestra mente va a coincidir coma con coma con la verdadera reacción de alguien, y pasa como cuando lees un libro y luego ves la película que trata sobre él. Rara será la ocasión en que coincida con lo que nosotros habíamos imaginado, o nos guste tanto como esperábamos. 

Con esto ocurre exactamente lo mismo. Cada persona tiene una manera de pensar, y por eso tendemos a idealizar algo a nuestro gusto. Al amor de nuestra vida cuando tenemos quince años, el trabajo, la casa, los hijos que vamos a tener.... a veces la realidad coincide, pero otras no. 

Me he llevado ya un montón de decepciones en mi vida. Quizá porque tengo un carácter que me impide ir solamente a lo mío y dar la espalda a alguien cuando necesita algo. Siempre digo que soy bilingüe porque hablo por los dos codos, y no me cuesta mucho trabajo conocer a alguien y entablar conversación enseguida. Así llegaron a mi vida alguna de las personas más importantes, y de la misma manera desaparecieron otras. 

También he de decir que al menos, desde que recuerdo, siempre hice diferencias dependiendo de quién se tratara y de cuán grande fuera la put****. En algunos casos y ciertos momentos me molesté en tratar de olvidar y hacer borrón y cuenta nueva, y lo conseguí, pero en otros no. Y a estas alturas, es algo que sé que no va a cambiar. 

He tenido enfados gordísimos con gente con la que sigo en contacto, a pesar de que en ese momento se me rompiera el corazón, o me dieran ganas de mandar a esa persona a tomar por donde rompen los cestos. Y me he aguantado, unas veces porque me pillaron de buenas, y otras porque había por medio terceras personas que se iban a ver más o menos perjudicadas por ello. Unas veces puse la otra mejilla, y otras no. 

A lo que voy, es que hace tiempo, decidí que solamente quiero en mi vida a quien realmente me aporte algo bueno -ni siquiera a quien no aporte nada, y por supuesto menos aún si encima aporta malo - Creo que tiene que llegar un punto en la línea de la vida de una persona en que no tengas que aguantar carros y carretas por no perder a alguien, porque si una persona que te conoce de hace años, te aprecia, tiene que al menos tener la deferencia de pensarse dos veces las cosas antes de abrir la boca y decirte cosas que te hacen trizas. Unas con buena voluntad y otras no tanto, pero que hacen daño al fin y al cabo. 

Y es curioso, normalmente siempre está el socorrido mecanismo de "es que es así y hay que aceptarlo como es". Pues no, a mi eso ya no me vale, porque yo también soy como soy y tampoco me apetece ir dando bufonazos a diestro y siniestro, a pesar de que todos tenemos malos días. Y en todo caso, aunque a veces no lo pueda controlar y quizá haya hecho daño inconscientemente, al menos he intentado pedir perdón. 

Entiendo que el umbral de ofensa es muy personal y cada persona puede ponerlo donde considere conveniente, pero de la misma manera que nosotros tenemos el nuestro, los demás también lo tienen. Y hay cosas que duelen. Y lo que más me preocupa, no es la gente que en un arranque te dice cuatro barbaridades sin pensar, porque aunque no lo justifico si que puedo llegar a entender que en un momento dado todos podemos perder los papeles. 

Lo que no entiendo ni entenderé nunca es decirle a alguien que quieres -o aprecias, o cómo lo queramos llamar - algo que sabes que le va a hacer daño, y aun así se lo dices. Y no una vez, sino las que se tercien. Y que mientras lo haces estés sabiendo que le estás haciendo polvo, y sigas lanzándote como un precipicio. Y en ese momento es cuando hay que pararse a pensar si una relación -sea del tipo que sea - merece la pena o no. 

Aprendí, como me dijo una de las personas más sabias que conocí en mi vida, que "a este mundo venimos solos, y nos vamos solos". Y es una de las mayores verdades que me han podido decir. Con esto no pretendo decir que tengamos que sacar de nuestra vida a todo aquel que en un mal momento tenga un comentario desafortunado, pero sí aprender a valorar a quien realmente lo merece. 

A estas alturas de mi vida, es la lección más valiosa que he aprendido. A que solamente quiero invertir mi tiempo con quien de verdad me lo ha demostrado, y continuar el camino con ellos, con curvas, con baches o con lo que venga. Porque es lo más valioso y lo mejor con lo que me puedo quedar. 

MUROS

 "Te tengo al lado y pienso en todas las conversaciones por WhatsApp.   Pero esta vez no estás detrás de una pantalla. Estás ahí, a mi ...